domingo, 20 de septiembre de 2009

ROMANCE DE LAS NIÑAS BLANCA Y MORENA




A continuación se presenta una de las obras más representativas de don Alfredo Macedo Arguedas, un maestro que empleo el teatro para desarrollar sensibilidad humana en Puno, se trata d euna obra rescatada y que generará estudios en torno al teatro puneño.


POR:
Alfredo Macedo Arguedas


Fantasía en 2 Actos.

Personajes

- Blanca - El Gnomo Hablador
- Morena - El Mago Barbudo
- Gaviota - Otros Gnomos.
- La Mañana - Dos Rosas Plateadas.

La acción es unos grados de ensueño. Brilla el césped. Manantiales cantarinos se distinguen al fondo exornados de espeso follage. Árboles gigantescos forman como una portada. Hay profusión de raras plantas i de hermosas flores. El sol acaba de aparecer. Ingresa Morena, toda compungida.

I

Mor. Ay, qué pesar!
Perderse mi hermana; mi hermanita Blanca.

(Se cubre la cara con las manos. Clama).

¿A quién preguntas?
¿Qué rumbo tomar?
Ay, qué pesar!
Perderse mi hermana, mi hermanita Blanca.

Pero, volveré a llamar:
Blanca!
Blanquita!

(Silencio)

Oh! Ni el Eco responde.
¿Estará encantada esta pradera?

(Observa con temor en varias direcciones).

Ah, ya sé!
Estos son los dominios del Hada Mañana.
Pues, la invocaré.
Mañanita lindaaaa!
Hermosa Mañana de color azuuul!

(Ronco ruido se produce, fortísimo, al que sigue encantadora melodía. Morena se sobrecoge. A poco, según se apaga la música, se oye hablar al Hada Mañana con maravillosa voz).

Mañ. Te escucho, pequeña.
¿A qué has venido i quién eres tú?

Mor. Novia de la aurora, amor del jazmín; linda mañanita de suave frescor: yo soy Morena; soy Morena, la niña, que a pedirte vengo con el corazón busques en el prado, busques en el monte, a Blanca mi hermana, que ayer se perdió.

Mañ. Aaaaahhhh!

Mor. Era mi hermanita pura cual el agua, cual el agua clara de aquel manantía.
Con ella mi casa era como el sol.

Mañ. ¿Tú casa, pequeña, también se perdió?.

Mor. De perderse, no.
Mas desde aquel día …. tan triste ha quedado que vale decir que sí se extravió.

Mañ. Aaaahhh!
¿I, dime, Morena, solamente tú i Blanca, tu hermanita vivían allá?

Mor. Vivíamos ella, mi hermana; mi madre, la santa i su hija Morena que me digo yo.

Mañ. Aaaaahhhh!

Mor. A la escuela siempre, muy juntas i alegres, íbamos las dos; i nuestra maestra, Rosita – la buena, ¡cómo nos quería, con qué efusión!
Hoy ella la extraña; solloza en mi casa mi madre, la santa, i … sollozo yo.

Mañ. ¿Cómo tu hermanita desapareció?

Mor. Te lo diré todo, linda Mañana –de principio a fin.
Saben que, un pillo i granuja, a quien por jugar, el Niño Gaviota, solemos llamar disputando terco sobre una muñeca a mi hermana Blanca me la hizo llorar.

Mañ. ¡Qué niño aniñado el niño Gaviota, que sobre una muñeca se puso a embromar!
Bien. ¿Qué más sucedió?

Mor. La hermosa muñeca, entre mano i mano, con tanto estirón deshecha i feota en el suelo quedó.
Mi hermanita, entonces, ahogándose en llanto mientras el Gaviota malvado reía como por encanto desapareció.

(Solloza otra vez).

Mañ. Calma ya, pequeña.

Mor. Apenas perdida de Blanca volamos en pos.
Rosa, la maestra, fue con otros niños a revolver la ciudad.
Yo, de un salto tremendo, me puse en casita.
Pero, allí … tan sólo a mamita encontré.
Busca que te busca seguí por vegas i campos por bosques i chozas, llegando hasta aquí.
I todo por una cara dura; zarramplín, taimado; cabeza de escoba, nariz de aserrín.

(Zapatea).

Entra Gaviota cabalgando un palo. Todo él desaliñado.

Gav. Hola, niña embustera…
¿Con que a malquistarme aquí hasta los prados, con tu traje prestado, había venido, noooo?
con que esa tu lengua de cotorra vieja, a insultar a Pío –que es niño decente- había salido, noooo?

Mor. Mañanita hermosa: mira cómo arguye esta Gaviota ocioso!
Desvirtuar pretende su pésima hazaña.
¿Habrá otro mocoso más suelto de huesos para la cizaña?

Gav. (Ridiculizando)
¡Pero, truenos i relámpagos!
¿A qué “mañanita” hablas tú, mi niña, con la cara sucia que la cree limpia?
¿Estás caducando o fantasmas viendo?
Ja! Ja!, Ja!

Mor. El Hada Mañana escucha a quien le habla con el corazón; a quien aquí trae clara la conciencia, rosa la ilusión.

Gav. Ja!, ja!, ja!
¡Qué ¡Hada Mañana!, ni qué sarampión!
¿Me crees un bobo o soy maniquí?
Yo no veo a nadie, bicoca, si no es a ti!
(Observa en toda dirección)
Yo no escucho otra voz que mi recia voz.
¿Si no estarás loca?

Mor. Pedazo de Gaviota, no me hagas rabiar!
Por culpa muy tuya mi hermanita Blanca no sé dónde está.

Gav. No soy yo Gaviota, so chica porcina!
Soy Pío La Fuente, gallardo, pómpate!
¿Lo vas a negar?

Mor. Ja!, ja!, ja!.
“Gallardo i pimpante”
Ja!, ja!, ja!.
Si jamás te lavas, si nunca te peinas, ¿cómo puede ser?

Gav. En cuanto a Blanca, sabe tú que es, a más de caprichosa, una… una cualquier cosa!
I sabe, también, que a Pío, plantado lo quiso dejar.

Mor. ¡Hooooola!
¿Con qué ésa la causa bien cierta, i no la muñeca, eeehhh?
¡So pícaro, qué risa me das!
Pues, sabe, reverendo Gaviota, que eres un… tonto perfecto, un taimado e idiota!.
Mi Blanca hermanita tiene dos luceros en vez de dos ojos; mi Blanca hermanita lleva en su boca de gentil granada el vivo carmín.
Así, ¿cómo en ti podría pensar?

Ja!, ja!, ja!.

Gav. (Agresivo)
Me sacas de quicio, porota insolente!

Mor. (Huyendo).
¡A mí, Mañanita, a mí!

Gav. ¡Todas las costillas te voy a templar!.

Mañ. No toques a Morena, si gallardo, pimpante, has de parecer!

Gav. (Estupefacto deja de perseguir a Morena).
¡Oh! ¿Quién fue?
¿De dónde esa voz salió?
¡Oh! Me confundo…

(Morena ríe)

Mañ. Esta niña buena a su hermanita, la bella Blanquita, busca sin césar.

Gav. Pero, ¿eres el demonio o quien eres tú, que no veo yo?.

Mañ. No me temas. Pío.
Tu alma es excelente. Sólo si … rebelde eres i … un poco travieso; i otro poco, quizá, otro poco… haragán.

Gav. Pero, ¿dónde estás? Como no te veo en mi derredor?

Mañ. No tienes fe en mí.

Gav. (Desdeñoso).
Phsss! Qué voy a tenerla si en sólo palabras te quieres mostrar!

Mañ. Pues, ahora verás.
(Se reproduce el ruido ronco i fuerte, más la sinfonía. Al final, i en tanto Gaviota es nuevamente presa del pavor, -ante la risa alegre de Morena, se corporiza, hermosísima, el Hada Mañana).

¿Me recocéis?
(Ambos niños, maravillados, no atinan sino a posternarse)

Levantaos, hijitos míos.

Mor. ¿Encontrarás a Blanca, preciosa Mañana?

Mañ. Si Pio, cuanto decente es, nos quiere ayudar.

Gav. (Con suficiencia, ya repuesto del pavor).
No estoy para brujerías.
Me voy a mi casa.

(Huye cabalgando su palo. El Hada festeja).

Mor. Eres torpe i caradura, Gaviota!.

Mañ. No le insultes, pequeña.
Pío entrará, luego, en razones.
Mientas, anda, vuelve a tu casita…
Te citaré muy pronto a una reunión; i no temas ya por Blanca, tu hermana.

Mor. ¿Está ella segura?

Mañ. Duerme cada día sobre el lomo dorado de un hongo gigante, allá en los dominios del Mago Barbudo.
Los gnomos guardianes custodian sus sueños.

Mor. ¿Posible será tanta maravilla?

Mañ. Para ella no lo es. Sola, sin los suyos, invoca a su madre, invoca a Morena.

Mor. Oh, mi hermanita Blanca!.

(Otra vez el ruido i la sinfonía. Se inclinan los árboles, reverentes, i ambos personajes desaparecen entre destellos).


TELÓN


II

Esta acción en un bosque mágico. La luna plena derrama su plateada luz a raudales.

Aparecen, Blanca –de rara hermosura, cabello dorado- sentada sobre un hongo enorme, en actitud somnolienta. A sus pies- varios gnomos la custodian, armados con espadas de mimbre. La niña, luego de desperezarse, entabla conversación con el Gnomo Hablador, que se pasea delante.

Blc. ¡Qué infausto destino!
Estar prisionera en este lugar, sobre un hongo gigante- del que no pudo bajar.
I sólo porque del capricho me dejé llevar.

Gmo. No te quejes, deliciosa niña.
¿Acaso la China Celeste del Gran Mandarín, el blanco elefante de un Príncipe hindú, la gigante esfinge del Rey Faraón- en tu fantasía no quisiste ver?

Blc. Verdaderamente, amiguito Gnomo.
Es verdad, también, que desairé a Gaviota; que furiosa me puse en vez de reír; que destrocé mi muñeca; que fugué de mi escuela; que dejé mi hogar.

Gmo. I que hasta reinos azules, por tierras sin par, devorando llanos, monte i praderas- huiste alocada, pensando, nada más que en ti.

Blc. Te sobra razón.
Pero, hoy colmados mis sueños, cansada del viaje, añora a mi madre, extraño a Morena, ansío volver a mi lindo hogar.

(Solloza).

Gmo. Eso… se está por saber.

Blc. Ay qué será de mi!
¿Tornaré a mirarme en las pupilas negras de mi madrecita?
¿Volveré a jugar con mi hermanita?

Gmo. No decaigas, Blanca.
Si frenas tus modos, si impulsiva no eres, podrás regresar.

Blc. ¿De veras lo dices?

Gmo. Lo puedo afirmar.

Blc. ¿Pero, Gaviota, el granuja, -orondo, impávido se habrá de quedar?

Gmo. La venganza, niña, es otro defecto; más aún en quién, como tú, tiene blanca el alma y su nombre muy blanco también.

Blc. Es cierto.
Te sobra razón.
(Medita. Luego, fastidiada).
Pero, dime, ¿hasta cuándo en el bosque me habrán de tener?
¿Qué es lo que anhela el Mago Barbudo, de su prisionera?

Gmo. Paciencia, mi niña.
No hables así.

Blc. (Acaloradamente).
¡Se acabó mi paciencia!
¿No la he tenido ya, cien horas, sin chistar?

Gmo. Cien horas de goces has tenido, -además.
Por consiguiente ¿justo te parece vivir i gozar, pedir i obtener, sin que de tu parte hubiera qué dar?
¡Bah! ¡Bah!
Por último, recuerda que por tu locura viniste tú aquí.

Blc. (Dulcemente).
Si amiguito Gnomo.
Yo vine tan sólo por mi voluntad…
Pero, ¿qué debo hacer?
¡Son soles i más soles, es noche tras noche, lo que llevo aquí, sobre el hongo gigante, sin poder bajar!.
Ni siquiera como, ni siquiera bebo, i al puro rocío estoy atenida.

Gmo. Debes esperar.
Tan presto se apague la luna i salga radiante el sol paternal – el duelo del bosque, el Mago Barbudo, pariente cercano del Hada Mañana, te hará regresar.

Blc. Oh… Tendré que esperar.
(Vuelve a dormirse. Deliciosa música se deja escuchar. Nuevos gnomos, vestidos de vivo amarillo, relevan, danzando, a los anteriores. La luna se oculta pausadamente tras las elevadas frondas. La brisa mueve la tupida vegetación, i amanece. De repente, con los primeros rayos solares, aparece una comitiva rutilante; el Mago Barbudo seguido de enanos trajeados de verde, por un lado; por el otro lado, el Hada Mañana con dos Rosas vestidas de plata – que conducen los vapores sedosos de su ropa. Mago i Hada se reverencian. En seguida, el Mago, toca el hongo con su cetro i lo pone a ras del suelo. Blanca despierta muy sorprendido; no atina a expresarse).

Mgo. No temas ya, buena niñita.
Presto, muy presto te has de ir.
Pues, Hada Mañana, ante los ruegos de tu hermanita, me lo ha pedido.
Más, ojalá del Gnomo Hablador recuerdas las advertencias.

Blc. Las recordaré, cual generoso eres, - Mago Barbudo.
(Le besa la barba).

Mgo. (Alude a la Mañana)
A ella agradece tu libertad.

Blc. Gracias, Diosa de la Mañana.
(Le besa una mejilla)
¿Puedo partir?

Mañ. Aguarda, aún. (Llama).
Morena! Pío la Fuente!
Venid acá!.

Blc. ¿Es a mi hermanita a quien llamas tú?

Mañ. A la niña Morena que es gracia y virtud, i al travieso Gaviota, que es tu amigo también.

Blc. ¿A Gaviota?

Mañ. No te asombres. Mira!
(Entran Morena i Pío, cogidos de la mano. El con su palo infaltable, sonriente i feliz).

Mor. ¡Hermanita Blanca!

Blc. ¡Mi bella Morena!
(Se unen en estrecho abrazo. En tal instante se reproducen el ruido i la sinfonía habituales, al tiempo que los personajes ficticios desaparecen entre humaredas de colores i risas estrepitosas. Gaviota, estupefacto, ofrece su “caballo” a las niñas).

Gav. ¡Vamos, regresemos en mi corcel!

Telón rápido.

INTERLUDIO BRUNÍLDICO

Extraordinario poemario rescatado del olvido. Publicado en 1931 en el diario El Comercio de la ciudad del Cusco. Gamaliel Churata vierte en estos versos todo el dolor por la muerte de su amada Brunilda y de sus hijos Teófano y Quemensa. Por el valor testimonial de estos poemas, consideramos necesaria su publicación en formato virtual. Gracias a la labor de rescate emprendida por nuestro amigo José Luis Velásquez Garambel, es que tenemos disponible el presente poemario. Asimismo, la revista WAYRA de Suecia, bajo el auspicio del Centro de Estudios y Trabajo «América Latina» (CETAL), mediante su editor Carlos Arroyo, lo publicó en su edición Nº 5 del primer semestre del 2007. la Revista APUMARKA de Puno, en su edición de homenaje a Gamaliel Churata y el grupo Orkopata publicó también el poemario. (Wilmer. http://skepsis-wilmer.blogspot.com/)
(nota: la edición completa se puede revisar en el blog de enlace dedicado exclusivamente a Gamaliel Churata arriba mencionado, los poemas que se presentan aquí son sólo una selección en forma arbitraria)

INTERLUDIO BRUNÍLDICO
(Gamaliel Churata)
El Comercio – Cuzco1931
Prólogo

Creo que al hablar de arte americano decir que no somos originales equivale a decir que no hemos encontrado el lenguaje que traduzca en fórmulas estéticas el contenido espiritual de América; esa fuerte emoción panteísta que, avasalladora y dominante, se impone desde el paisaje andino.

Creo, incluso, que hablar de paisaje andino es un error léxico, y estrictamente, no es lícito. No podemos hablar de paisaje con referencia al mundo americano, ni en sentido pictórico ni como interpretación del medio ambiente, ya que el paisaje surge como una forma característica de lo objetivo correlativamente a una determinada posición del intérprete. El paisaje es, pues, actitud vital, valorable sólo por quienes pueden proyectarse. Es situación en la que inciden los haces luminosos que hacen posible la comprensión total de lo interpretado, vale decir la VIVENCIA, acudiendo al léxico filosófico de la estética alemana. Lo inicial para vivir lo objetivo como paisaje es, pues, estar situado, y esto es lo que falta en América. Esta actitud vital no se ha precisado para el hombre andino. No hemos conseguido adoptar la posición conveniente para la vivencia de nuestro mundo particular. En otros términos, no estamos situados frente a lo cósmico. Esta carencia de actitud, dice tanto como desequilibrio entre psiquis y naturaleza; falta de correspondencia entre léxico y paisaje: en definitiva, total ausencia de espíritu.

Acaso no sea posible para el hombre americano (refiérome al colla y quechua mestizos encasillados en la cultura de occidente) situar lo vital dentro de lo cósmico en la misma manera que lo han hecho los hombres de otras razas y de otras culturas, pero, fatalmente, lo vital y lo cósmico americano deben mantener relaciones; deben existir entre ellos especiales nexos de correspondencia que no podemos aun precisarlos, siendo lo único efectivo por ahora, que nosotros IGNOREMOS DONDE COMIENZA EL HOMBRE Y DONDE CONCLUYE EL PAISAJE.Esta, de momento, aventurada afirmación, pretende llevar implícita la solución de muchos problemas culturales, psicológicos y políticos, atribuyendo nuestra falta de contextura espiritual a un dislocamiento entre el cosmos y la vida. Aquello de que vemos el paisaje deformado por lentes ajenos llegados de ultramar viene a ser un postulado axiomático para la solución del problema de nuestra cultura, acaso, sea preciso volver a asegurar que cada paisaje tiene sus líneas de enfocamiento que le corresponden sustantivamente. Dicho esto no parecerá extraño interpretar los poemas de Churata como paisajes verbales, donde el cosmos balbucea y la tierra dice su palabra ordenadora. Ha desaparecido el poeta en sentido clásico. Ha desparecido como intérprete transmutador de valores y sólo vive como energía cósmica. La frase por él dicha es la que llega desde la soledad de la puna, por boca del viento, arrugada en el entrecejo del picacho, estrangulada por la garganta del abismo. Es la frase pura, lavada por el arroyo, dada a secar al sol y que surge limpia, mañanera, depurada, nuevamente vivida.

Así por el despojo, por un renunciamiento heroico a todo lo cultural extraño, como hace Gamaliel Churata, se puede llegar a lo propio, a lo sustantivamente americano.

¿Barbarie y primitivismo? No. Simplemente poemas que parecen dichos en el primer día del génesis de la palabra; cuando los vocablos claman por la realización de la forma e intactos de virginidad traducen un estupor mañanero de ojos deslumbrados. Poemas que son como un desgarramiento viril de la entraña cósmica; como el grito anunciador de una desfloración propicia al germen de las nuevas formas en el dominio del espíritu.

A.D.D.27 de abril de 1931.

I

Se elogia el nombre de la Amada


Tu nombre fue un tibio cristal de madrugadas
Venías, hornalla, sonando, desde la garganta del arroyo.
Te vertiste como la leche dulce –
Sonrisas solares - hasta atenuar mi gesto,
¡copo de nieve! ¡pluma suave! ¡trino auroral!
Ya confundo mi grito, atestado de voces,
en tu rosa mejilla, dormida en amor,
dulcemente engreída en mis fogatas…
muñeca de ojo asiático, trigueña de Inti;
te besamos, tierna mama, caricia de tu pulpa
reclinada en mi músculo…

¡Brunilda: sorbo tu nombre desnudo,
bañado en rocíos empapado en canciones!



II

Holocausto de todo el amor para El


Yo perdi mi wawa una mañana,
cuando mejor danzaban los tuqus
enternecidos en mi canto!
Le he gritado fuerte desde entonces,
y desde entonces mis orejas,
están llenas de agua, están llenas de viento…
¿Para qué le lloras? Me dicen las imillas,
dándome sus senos,
al gozar del ñuñu
me he sentido como la leche, nuevo!
Más otra vez yo lo reclamo,
hozando sangre entre las nubes,
al filo de la madrugada,
en el vientre del agua;
porque esta wawa que se me fue un ratito, no mas, del pensamiento,

era un alegre tiro de mi honda,
la piedra de mi chujlla,
el dominador justiciero que floreaba!
¡Ya no quiero el seno de la imilla,
ni su pezón pintado de mieles,
no quiero para mi su pierna ni su brazo:
¡serán para mi wawa que ya viene!



VI

Liturgia de su carne virgen


Tímida insolación de gaviotas en el lago.
Adentro, el orto del sol
y el respiro inhollado del agua.

Estoy jadeante en el dintel de tus ovarios,
y me atacan las espadas del frío.
¿Quién está, pues, más intenso?
Luego se agarran a mi piel lobos de fuego…
¡Oh, bestia en mi, y yo bestia en ti, soledad!

¡Temerario y fragante, cimbro el sexo
con esta sed de carne virgen!


VII

Exaltemos su cadáver desnudo


Trilla el sol en los campos.
Las mañanas se alegran de niñez.
La tierra es virgen;
en las parvas hay cantos
y en las aleluyas de la fuente…

Brinca la imilla kalatita:
¡se desnudó la muerte en sus caderas!

Y una noche duerme cien años,
pero está preñado de cielo,
su vientre redondo de esperanza…

Canto de albas, de trinos,
la imillita revestida de campos.
Las flautas en el aire tienen tonadas de virgen.
¡Oh, tu dulce, tu hedionda desnudez!

IX

La cólera del Achachila

Me robé tu corazón, mama-kota,
y un día de sol reventó pajchas en mi kepi…
¡Cómo eran claros mi puñal y mi beso!
(Nunca querré callar bien dicho todo)
y se abrió un boquete maligno,
allá, por donde duerme el trasero del cielo!

Desde entonces me baña
la suciedad;
se me atraganta la sombra,
y me ahoga!

¡No fue el rayo, no!
¡Fue la línea escalonada de los awichos!

¡Ellos, ellos son: todavía tienen hambre de wawas!
¡Todavía!
¡Todavía!
¡Así aprendí para no llorar, a llorar!


XII

Y finalmente, el vacío.


Temblorosos de trinos,
vienen los pichitankas…
Despacito se descuelgan
en el kañiwal lleno de besos…
¡Son los cantores de la solana!
Cuando rompen el aire a trueno,
hay latigazos de luz entre sus alas.
Cada uno viene de muy lejos…
Si pudiésemos apresarlos,
dirían, callarían lo mucho que saben de nosotros.
¡son un piar continuo,
y un hilito de agua de siempre!
Todos son buenos. El canto los educa;
y si al canto se unen las alas
a eso llama un pichitanka…

Muy de mañana se acercaron a mi alma!
Mi alma que está oyendo unos pasitos en el patio,
y unos phusiris que rompen a bombo mis montañas,
llegaron en bandada,
y cada cual se trajo un airecito de lejanía,
y cada cual segó la mies de mi distancia.
Están yendo y viniendo.
Salen y entran
de mi alma…
Y cada vez, afanosos, traen una dulce alegría
y se van barriendo una tristeza.

jueves, 17 de septiembre de 2009

EL LEVANTAMIENTO DE POMATA Y LA PREOCUPACIÓN POR LA EDUCACIÓN INDÍGENA

Manuel Z. Camacho en una entrevista hecha por Manuel A. Quiroga (fotografía publicada en el Album de Chucuito de J. Cuentas Zavala, además publicada en "Movimientos Sociales y Escuela en el Altiplano 1860-1930". Unap, 2007.)





los mensajeros de chucuito:



José Luis Velásquez Garambel
http://www.losandes.com.pe/

El presente trabajo es acompañado por la fotografía de los mensajeros de Chucuito: Antonio Chambi, José Antonio Chambilla y Mariano Illachura (fotografía que se publica por primera vez después de más de 100 años. Es parte además de “Levantamientos indígenas, ideología, indigenismo y educación en el altiplano” Libro documentado, que completa a “Movimientos Sociales y la escuela en el altiplano 1860-1930” (UNAP-2007), que vengo preparando y cuya publicación se halla próxima)


Todos quienes han investigado sobre movimientos sociales (campesinos) y específicamente sobre los luctuosos sucesos de Pomata deben considerar eventos cuyas motivaciones no corresponden al mismo año, sino a tres levantamientos en el período de diez años, el primer levantamiento se da en 1895, el segundo en 1900 (cuando se creó el distrito de Santa Rosa y se elige como capital al sitio denominado Huanacamaya, motivo por el que los indígenas se sublevan y envían mensajeros a la capital de la república y por ende, como resultado de las gestiones de dicha comitiva, la conformación de la comisión investigadora presidida por el Dr. Alejandrino Maguiña) y el tercero una vez destituido el Sub-prefecto de Chucuito Mayor Teodomiro Gutiérrez Cuevas (1904).

En 1896, después de la asonada rebelión de Juan Bustamante, Puno tuvo el mayor frente de agitación indígena, Kapsoli se limita a observar la abolición de las contribuciones y no repara en la educación (que era estandarte de las agitaciones, como puede observarse en el ideario titulado: Tawantinsuyu – educación – organización – abolición; órgano de los sub comités distritales), en esta, 12 parcialidades de Ilave se habían apoderado de los cerros de Huilacollo y que con una lluvia de piedras “podían reducir a escombros y asesinar a sus habitantes” (Kapsoli), según refiere intentaron hacerse de la ciudad hasta en cuatro oportunidades y los “mistis” sólo pudieron librarse gracias a la intervención del batallón Canta. Algo similar ocurría en Samán (Azángaro) donde los indígenas de apoderaron del pueblo y asesinaron a cuatro mistis en pleno templo, curiosamente en la misma fecha (1896).

“En el mismo año, en Juli, los ayllus de Sihuairo, Ccallín, Callaccani, Pasiri, Yacango y Sales, reunidos en forma clandestina se habían propuesto oponerse al cobro de un impuesto al uso de la sal” (Biblioteca Nacional Mss. D7811, f. 9), sobre este suceso refiere un documento del Archivo Histórico de Puno: “anoche se tumultaron los indios de cuatro parcialidades y se situaron a tres kilómetros de de la población. Todos los vecinos se presentaron y pidieron armas y sólo pudo darles las que tenía” (concuerda con la información de Kapsoli, en fecha, lugar y similitud de documento), sobre lo que Kapsoli manifiesta:“la cantidad de indios oscilaba entre 500, los mismos que encendían fogatas. Estos indios fueron azuzados por vecinos de Pomata, Zepita, Ilave y Desaguadero”.

Los movimientos campesinos/ indígenas fueron latentes en este referente. Algo que se agudizó fue la incorporación del imperialismo en el sur (mediante la Peruvian Corporation) por el control del ferrocarril y el comercio lanero, la incorporación de la ley de vagancia que permitía a las autoridades despachar ingentes cantidades de indígenas a las construcciones de caminos de herraduras y del ferrocarril hacia el Cusco, que tuvieron el único pretexto de explotar y desaparecer a los indígenas so pretexto de vagancia; intención era deshacerse de comunidades enteras de campesinos y apoderarse de sus tierras. Los mismos sucesos se años diferentes para lo que es necesario determinar las siguientes acciones cuyos efectos se verán después.

a) en 1900 un grupo de indios (tres delegados en total: Antonio Chambi, José Antonio Chambilla y Mariano Illachura) provenientes de las comunidades del distrito de Santa Rosa de Juli, quienes presentaron las quejas (al ministro de Gobierno y Policía) por las coacciones, exacciones y vejámenes de que son victimas y que se especifican en sus memoriales del 16 de octubre y del 21 de diciembre último (1901). En dichas quejas ocupa un lugar central los sucesos de Huanacamaya, lo que viene a marcar un proceso conflictivo de la provincia de Chucuito en una nueva etapa. Etapa que se inicia en 1895 cuando se produjeron levantamientos en Ilave y Pomata, en donde los indios fueron masacrados por el Batallón Canta (Rengifo en Rebelión India pág. 60).
b) El 26 de noviembre de 1901 Alejandrino Maguiña fue nombrado miembro de la comisión investigadora de dichos sucesos, ante la renuncia de un miembro Maguiña sume toda la responsabilidad el 17 de diciembre del mismo año.
c) Maguiña llega a Puno el 08 de enero de 1902 y elige como intérprete a Telésforo Catacora (con quien recorre toda la Provincia de Chucuito) culminando su labor el 15 de marzo de 1902 (fecha en que rubrica su informe).
d) Maguiña llega en su informe a la siguiente conclusión: “educar e instruir: he ahí casi todo el secreto de la cuestión. Educar al blanco y al mestizo bajo los principios de la justicia universal y del respeto de la dignidad humana, sin exclusión de razas ni distinciones odiosas. Educar al indio para elevar su raza hasta el nivel de los demás y permitirle que adquiera, junto con la noción de su personalidad, la facultad de defender su derecho contra el dolo, el fraude y la coacción”. (informe de Alejandrino Maguiña sobre los luctuosos sucesos de Chucuito, Lima 15 de marzo de 1902).


e) Telésforo Catacora, el intérprete de Maguiña, es un indio ilustrado que no aspira a arribar económicamente y que no reniega de su raza; sino, muy por el contrario, se siente orgulloso de ella. Es decir, no se ha desclasado, por lo que se le podría calificar de indio revolucionario; aunque su actividad – dada las limitaciones de la época – redunde más en beneficio de la capa de indios con mayores recursos. Es lógico, dentro de la lucha de clases, que los gamonales hayan pretendido apartarlo de Maguiña pretextando que no conocía el aymara, lo que resulta evidentemente falaz (Rengifo, Rebelión India, Pág. 66).


f) Las ideas de avanzada empiezan a germinar en algunos miembros del grupo de comerciantes de lanas o de los que no son indios. Es el caso del honorable y distinguido vecino del distrito de Juli D. Remigio Franco, quien brindó al Dr. Maguiña información verás. El presbítero Valentín Paniagua (quien había abandonado en Lima posiciones expectantes para ir a defender Indios en Pomata). Entre las autoridades también existieron notables excepciones como el Prefecto Miró Quesada, mencionado por Maguiña; habría que mencionar también al Mayor de caballería Teodomiro Gutiérrez Cuevas, quien ocupó la sub-prefectura de Chucuito el 18 de diciembre de 1903.

Posteriormente ocurren otras convulsiones en Pomata, el 04 de octubre de 1903, por lo que el párroco Valentín Paniagua fue acusado por motivar a los indígenas a que se revelaran en contra del estado, so pretexto de supuestos maltratos (en diarios de la época). Los indígenas ocuparon los cerros aledaños y empezaron a lanzar piedras con el impulso de sus hondas provocando bajas considerables en los pobladores de Pomata. Algunos documentos hallados manifiestan que entre los indígenas convergieron Manuel Z. Camacho y los famosos hermanos Chambi (mensajeros de la provincia de Chucuito).

Una vez calmado el escenario bélico Telésforo Catacora (joven estudiante de San Carlos y posterior creador de la Escuela de la Perfección) fue convocado como interprete para la comisión Maguiña. Del mismo modo fue nombrado como Sub-prefecto el Mayor Teodomiro Gutiérrez Cuevas. La interacción de estos personajes facilita el panorama ideológico en que se inició y concluyeron estos sucesos (a la consolidación de la Escuela de la Perfección y la Escuela Nueva 881 –ya que Encinas hacía de secretario de Catacora, la instauración de la Escuela de Utawilaya, y la rebelión de Rumi Maki / Teodomiro Gutiérrez Cuevas, en San José, Azángaro, en 1916).

La naturaleza de estos sucesos refiere a un carácter de reivindicación y de reconocimiento como igual, es decir el surgimiento de un indigenismo legal, que permita las mismas oportunidades a los habitantes de estos referentes.

Gobernaba el país el presidente Don Manuel Candamo, quien a raíz de una queja que presentaron los indios de los ayllus del distrito de Santa Rosa de Juli quienes a través de su abogado el Dr. Santiago Giraldo lograron que se nombrara una comisión presidida por el Dr. Alejandro Maguiña con el objetivo que esta comisión se constituya en la provincia de Chucuito y emita un informe verás sobre los abusos que cometían el sub-prefecto Mariano Cuentas junto a otras autoridades. Cuando Maguiña llegó al pueblo de Juli tomó como intérprete a Telésforo Catacora y como apoderado de los indios al presbítero Valentín Paniagua. El doctor Maguiña recorrió la provincia de Chucuito y recogió abundante información sobre tales acontecimientos. Al redactar su informe explica: “que el indio de la provincia de Chucuito no goza de libertad de su persona, tampoco le tienen respeto a sus bienes”. Maguiña ya de regreso en Lima entregó dicho informe al presidente de la república, quien al enterarse de los sucesos de la provincia de Chucuito nombró, nueve meses después, como sub-prefecto de la provincia al Mayor de ejército Don Teodomiro Gutiérrez Cuevas, natural de cerro de Pasco.

Sobre lo cual Telésforo Catacora escribiría: “(…) no tenemos que alarmarnos tanto. Bien saben ustedes que el señor Tovar es el todopoderoso de estas tierras, ahora bien ¿de qué se trata? Pues nada menos que de él. Estas acusaciones de los indios al ser atendidas á nadie dañan más que a Tovar, y dígase de paso, también a Romaña; pues, estos como nosotros explotan al indio ¡ah! Y en qué escala…dejemos estas cosas, que allá en Lima se arreglarán perfectamente. Verán U.U. entonces, que los mensajeros de Chucuito, los memoriales al presidente, los discursos de los diputados, la delegación de Maguiña no pasará de ser embrollos y nada más que embrollos (…)” (en “Ayes del Indio” publicado en “Movimientos Sociales y Escuela en el Altiplano”. UNAP-2007, “Beso de Lluvia”. CARE-Perú, 2008 y en “las mil lenguas del diablo”. blogspot )

La nueva autoridad llegó a Juli al finalizar el año 1903. En enero del año siguiente abolió todos los abusos y trabajos gratuitos que los indios prestaban a sus autoridades y vecinos de los pueblos de la provincia de Chucuito, lo que durante el Gobierno de Candamo fue aprobado; sin embargo luego de la muerte de este todo volvió a la normalidad, Gutiérrez Cuevas fue sacado de la Subprefectura.

El presidente de la república Don Manuel Candamo falleció en la ciudad de Arequipa el 7 de mayo de 1904. A este respecto Basadre dice lo siguiente: “El presidente vino a Arequipa a tomar baños en el Balneario de Jesús. En esta ciudad se entrevistó con el segundo vicepresidente Don Serapio Calderón y firmaron los decretos en que Candamo entregaba el poder a Calderón, quien asumió el 22 de abril de 1904, en vista que el primer vicepresidente Lino Alarco había fallecido antes”.(“Peruanicemos al Perú”)

Las autoridades de la provincia de Chucuito, ante el nuevo presidente, gestionaron del retiro del subprefecto Mayor Gutiérrez Cuevas. Las gestiones se hicieron a través de los representantes puneños en el Congreso, quienes servían únicamente a sus intereses, en virtud que la mayoría de ellos eran hacendados latifundistas. Las gestiones surtieron su efecto ordenándose desde Lima el retiro del sub-prefecto Gutiérrez. Inmediatamente los puestos de autoridades nuevamente fueron ocupados por los caciques de provincias, de ese modo los abusos se restablecieron: “El mayor Teodomiro Gutiérrez Cuevas durante su corta actuación como sub-prefecto de la provincia de Chucuito había tomado contacto con los principales defensores de los indios entre éstos con el párroco del pueblo de Pomata Dr. Valentín Paniagua, quien desde el púlpito y aprovechando sus contactos con los indios de los ayllus en ocasión de las fiestas patronales predicaba su liberación esto precipitó una sublevación que estalló el día 04 de octubre de 1904, un día antes de la víspera de la fiesta de la Virgen del Rosario” (Luis Gallegos Arreola “Ukhanau” – Sublevación de Pomata).

Al amanecer del día cuatro, varios grupos de indios prendían fogatas en las cumbres de los cerros: Calvario, Apacheta, Chuwañani. Desde las cumbres de los cerros los indios soltaban enormes rocas que se detenían en las faldas del pueblo. Los vecinos alarmados trataron de comunicarse con el Sub-prefecto de la provincia de Chucuito.

Los alambres habían sido cortados, no había servicio de telegramas, por ello no pudieron dar cuenta sobre estos sucesos al dicho Sub-prefecto; sin embargo los pobladores habían de ingeniárselas para enviar al indio Nicolás Ticona, para que éste se confundiera con los lugareños y le lleve el recado al Subprefecto en Juli, este así lo hizo” (Luis Gallegos Arreola “Ukhanau” – Sublevación de Pomata).

Así el Sub-prefecto envió misivas al prefecto de Puno, al día siguiente se divisaba un vapor a toda máquina que se dirigía a Pomata, si bien es cierto no hubo enfrentamiento, los gendarmes capturaron a un número de sublevados, entre ellos a Cirilo Cordero, un indio excombatiente de la guerra con Chile, quien era supuestamente el que había dirigido la sublevación, pero los prisioneros hablaron y dijeron que había sido el Dr. Valentín Paniagua (sacerdote) quien era el autor intelectual de dicha sublevación. Al respecto manifiesta Luis Gallegos en su trabajo que: “en esta sublevación tomó también parte Manuel Zúñiga Camacho, mientras tanto a Paniagua se le abrió juicio sumario en Puno”.

El relato de Gallegos sobre este respecto es anecdótico: “Pues habría, el cura, huido de la cárcel disfrazado de mujer, luego de golpear al gendarme que lo cuidaba. El cura habría dejado los hábitos y se habría establecido fuera del país por un tiempo (…)”.

La importancia de esta sublevación radica en la interacción de personajes como: Teodomiro Gutierrez Cuevas, Telésforo Catacora y Manuel Z. Camacho, la actuación de estos personajes en el desarrollo de los movimientos sociales y en el de la educación resulta de una importancia única (ya que gracias a dichos movimientos y al informe de Alejandrino Maguiña se deberán los eventos posteriores que lograrán la creación escuelas en el altiplano):

1.- En la concreción de la Escuela de Perfección en 1903, escuela para obreros e indígenas (dirigida por Telésforo Catacora y José Antonio Encinas).
2.- La escuela de Utawilaya en 1904, escuela para indígenas (auspiciada por Manuel Z. Camacho).
3.- La Escuela Nueva “881” en 1907, de orientación indigenista (dirigida por José Antonio Encinas, dada la vinculación entre Telésforo Catacora y Encinas durante períodos anteriores y su compañerismo en el Colegio Nacional de San Carlos y en la Normal de Varones de Lima).

4.- La Sublevación del Mayor Gutiérrez Cuevas en 1916 (empleando el seudónimo de Rumi Maki Kori Sonqo, sublevación de reivindicación indígena)

miércoles, 16 de septiembre de 2009

La escritura como aventura de la vida, un juego de los significados

José Luis Velásquez Garambel

“Escribe para tu disfrute y no desvíes tu atención hacia el dinero o el éxito. Quien se auto-elige como escritor, elige un estilo de vida a la que entregará toda su energía. Recuerda, el talento no nace sino que se construye con esfuerzo. El punto de partida de los temas es la propia experiencia; pero luego, el escritor la transforma de manera creativa búsqueda de originalidad” (Mario Vargas Llosa, en cartas a un Joven Novelista, Edit. Planeta 1998.)

A quien no le ha pasado, por lo menos alguna vez, no tener una sola idea sobre lo que se pueda escribir, teniendo sobre el escritorio tanto material, tanta información, tanto dato, tanto de todo y sentir que no basta. A pesar de la disciplina y cierto orden.

Había programado publicar algo sobre “Alas y Espadas” un poemario de la dignísima Señora Elsa Gaona, la fuerza y la inteligencia me abandonan; sería creo una nota comprometida con el género y el rol que las mujeres cumplen en nuestra sociedad (tan mediocre y ridícula y de la que soy parte), al igual que unos comentarios sobre los libros de Darwin Bedoya y de Walter Bedregal, también sobre los libros del Dr. Mariano Cáceres; a pesar que ya tengo los comentarios avanzados prefiero escribir sobre la idea de escribir (aunque parezca una idea jocosa y redundante).

Tuve la suerte, hace algunos años, de trabajar con un grupo de jóvenes que ahora inician una carrera en la escritura (Javier Núñez, Luis Incacutipa, Saúl Huamán, Yudio Cruz, Glino Cruz, Edgar Pacompía, entre otros), con quienes desarrollé talleres de escritura en la UNA-P, como parte de los programas académicos, fue, lo confieso, una tarea difícil, uno de los primeros obstáculos fue la metodología a emplearse, y en ese momento, aún ahora, la poca solvencia en el ejercicio constante de la escritura, porque el escribir es también un ejercicio como salir a caminar, correr, hacer gimnasia; quien no se ejercita escribiendo no sólo no adquiere el hábito sino que como en un ejercicio físico siente los dolores de los músculos, en este caso la ausencia de las ideas (como con la que sopeso al escribir esta nota breve).

Recuerdo que en el taller de poesía, los alumnos me pedían resultados antes de ingresar a las aulas. No faltó una alumna, Noemí (a la que llamábamos cariñosamente Nao) me dijo terminantemente que no podía asistir al taller hasta que yo no mostrara parte de lo había escrito y que si me atrevía a exigir que los estudiantes _o sea ellos_ presenten sus escritos y los sometamos a correcciones públicas primero debía empezar yo; el resto opinó del mismo modo. A pesar de haber escrito algo y de haber intentado ganarme la vida escribiendo (algo que por cierto no logré nunca, bueno hasta ahora que este diario en el que laboro, no sólo me paga por escribir sino que me tolera).

Me sometí a la prueba que los alumnos me exigían, transcribí el poema en la pizarra y lo sometí a la crítica, lo primero que observaron fue si poseía o no lenguaje literario (habla poética), si tenía imágenes, ritmo interior y si lograba aperturar nuevos campos semánticos. Si enunciaba directamente versos opuestos a la lógica racional. Por ejemplo, imaginemos (en palabras de Luis Rodríguez) a “Un elefante que se detiene en la mitad de la calle/ y discute con los semáforos la velocidad de los autos/ aunque no lo creas/ un elefante con su torpeza/ puede arrancar una flor delicadamente/ y entregartela” obviamente nadie puede concebir realmente que un elefante pueda discutir con los semáforos sobre la velocidad, es irracional, no es verosímil; y precisamente en eso radica la capacidad y la exigencia de encontrarle un significado.

Como lo hacían los vanguardistas a inicios del novecientos, los juegos con los significados, las aperturas a campos semánticos difusos mediante el uso del cadáver exquisito, que era una técnica para crear autonomía en los versos y para que estos puedan ser combinados e intercalados todas las veces que el escritor cree un nuevo poema con los mismos versos. Y es que la poesía es ante todo un juego de significados, con la precisión y la delicadeza de cada imagen construida matemáticamente colocada en el lugar exacto, pura orfebrería fina.

Así, la idea de escribir sólo por ocasión iba desapareciendo, poco a poco, pronto ellos comprendieron que no se escribía por inspiración como vulgarmente se cree, sino con sudor, con esfuerzo. Sin exageraciones, recuerdo que uno de los participantes se demoró dos horas frente a una hoja en blanco para reescribir una descripción empleando lenguaje literario, esas escenas se repetían y en algunos casos se demoraban hasta quince días a más para reescribir un solo poema.

En el caso de los relatos y los cuentos, obviamente Feliciano Padilla, era la voz autorizada, por su ejercicio en el oficio y por su amplia experiencia; me limité sólo a revisar estructuras y teoría de los personajes, así también momentos en las tensiones narratológicas. Sin duda, en estos últimos años los libros que nos ayudan a despertar el interés en la escritura son los de Daniel Cassany (La cocina de la escritura), Mario Vargas Llosa (cartas a un joven novelista), Ramón Passacale (el viaje del escritor), Harold Bloom, entre otros muchos.

Existen muchos textos que bajo un enfoque estructural continúan con los conceptos y la importancia excesiva (y necesaria obviamente) en la normatividad de la redacción, sin embargo ello no siempre es determinante, lo que importa es que nos sigamos nutriendo de la lectura y de la experiencia para escribir, esto sin perder el amor por la aventura de escribir, de escapar de este mundo y de crear nuevos espacios de libertad.

Supongo, quienes se han atrevido a publicar lo que escriben, luego de hacerlo sienten una sensación de alivio, otros de vergüenza, otros simplemente se esconden como si lo que escribieran tuviera tanta ingerencia en la sociedad que temen haber ofendido a alguien, como le ocurrió alguna vez a don Lucho Gallegos, quien alguna vez me comentó que la primera vez que publicó algo (precisamente en este diario) había atacado a un prefecto y se había escondido por temor a que la gente no comparta las ideas expuestas, temor también a que el aludido se ensañe con él y lo busque para “arreglar cuentas” al mismo estilo andino o de “hombre a hombre” como se dice en nuestro argot. Pero lo cierto es que, los tiempos cambian, y como los colores también nuestras costumbres se deterioran al exponerlas al sol; hoy con tanta tecnología nos estamos olvidando de las formas que nos han hecho más sensibles a los asuntos del resto, a lo humano. Una forma de vivir es también escribiendo… y viviendo.

El rol del arte y de la cultura: Una perorata más que espera no ser leída

(fotografía cortesía de H. H. Valencia: Hermanas Lescano, luciendo trajes bellísimos de la Danza "La Morenada" durante la festividad de la Santísima Virgen de la Candelaria en Puno)

José Luis Velásquez Garambel

“No voy a dejar de hablarle sólo porque no me esté escuchando. Me gusta escucharme a mí mismo. Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo”.

“A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante”. (Oscar Wilde)



No creo que exista un arte sin compromiso, por el contrario toda manifestación artística posee no sólo una carga ideológica fuerte, una intención sagrada, la de “acercarnos a lo humano”, a lo que una cultura considera como ideal o arquetipo en sus valores, en sus formas de transmisión. Y todo ello a través de códigos estéticamente susceptibles y aceptados por todos los grupos culturales del mundo.

En una sociedad como la nuestra, en donde todas las diferencias campean y hacen escarnio en el espíritu de la gente, es fácil ser presa de los medios publicitarios y de la prensa que vende gracias al escándalo, al crimen y a la muerte. Parece que todo aquello que nos provocaba estupor y rechazo con los años se ha venido haciendo y aceptando como lo “normal”. Por ejemplo si antes alguien se levantaba la falda era señal de indecencia, peor si hurtaba o cometía cualquier falta o delito a fin de cuentas, la sociedad rechazaba y castigaba tales comportamientos; en cambio hoy esto se ha hecho y se viene aceptando como lo normal; tanto así que, si alguien roba y golpea a su semejante delante nuestro nosotros nos hacemos los ciegos y los mudos.

Nos hemos convertido, del modo más hipócrita, en cómplices pasivos de todas estas degeneraciones comportamentales y de actitudes visibles. Frente a ello, un sector demasiado herido empieza a eclosionar sus descontentos en actos como los de Ilave o el último suceso en el que el hijo de un fiscal fue cruelmente asesinado. Los medios de comunicación nos han ido predisponiendo para que aceptemos estos comportamientos como “normales”. Mediáticamente estos medios, diariamente, nos presentan comportamientos y actos negativos como si fueran verdaderamente atractivos y dignos de emular. Así el ladrón pasa como vivo, el corrupto como verdadero sujeto digno de admiración, el asesino como el que lo puede todo y frente al que nadie puede, el “ya no ya”. Por lo menos esa es la apreciación que desarrolla un niño o un adolescente.

Y desde una organización gubernamental nadie hace, ni ha hecho absolutamente nada para cambiar esto. A nadie le importa, todos están distraídos en obras de concreto y de fierros, en ser parte de licitaciones, proyectos de desarrollo de ciudades y no de ciudadanos; se hallan preocupados en desarrollar políticas de crecimiento de edificios de cemento y ladrillo; pero nadie piensa en el edificio espiritual, en los valores y en las formas de acercarse al otro y extenderle la mano desde una percepción verdaderamente humana. Sumidos en una profunda ceguera del corazón y del espíritu nos peleamos por tierras, bienes e intereses y mientras tanto crece la indiferencia, el robo, el asesinato, la corrupción, el tráfico de influencias y todo es “normal”, “bacán”, “chévere”.

Todos están preocupados en cómo ganar más dinero de cualquier modo, no importa si la forma es ilícita, y para ello se recurre a cualquier artilugio del engaño y la coima.

Si las artes, la literatura, la escuela y los medios de comunicación fueran debidamente tratados se constituirían en un arma fundamental para combatir todo esto; pero, la verdad es opaca y terriblemente adversa.

En el caso de los artistas, éstos han dejado de formarse y de desarrollar una sensibilidad social, su arte se constituye en una mera copia de estilos y de técnicas, sin propuestas personales y orientadas sólo a lograr compradores, sus obras poseen una orientación de mercado.

Sobre los escritores, mediante sus obras, lo único que buscan es el reconocimiento de la sociedad para luego pavonearse de intelectuales y sentir que su posición se halla por encima del resto. Ellos ya no constituyen esa clase que aportó a la reflexión sobre las necesidades de la sociedad y sobre todo no aportan al desarrollo real de la sociedad. Por demás está decir que tampoco el pueblo mantiene un contacto con ellos, ¡el pueblo ha dejado de leer! Y parece que esto aún no lo comprenden.

Sobre los maestros, los hay buenos y los hay malos; sin embargo la verdad_ desde mi punto de vista_ los malos opacan a los buenos. Estos han dejado de preparase y sólo buscan ganarse el pan, improvisando con lo que sea en las aulas, confunden contenidos, muestran sus prejuicios en sus centros de trabajo y los pobres paganos son siempre los estudiantes. El caso de un profesor de literatura es que el pobre no lee y desea que su alumno desarrolle capacidades de comprensión lectora, no sabe de las características del lenguaje literario y obliga a sus alumnos a leer Paulo Cohelo u otros libros de autoayuda que deberían ser leídos en un curso de Persona Familia y Relaciones Humanas; los pobres no diferencian el habla común del habla poética y creen que un texto periodístico posee las mismas características que un poema. Así la escuela sigue siendo un instrumento de hegemonización de intereses e ideologías.

Y qué se puede decir de los medios de comunicación, todo discurso se mediatiza, todo se compra y se vende…lastimosamente la tragedia, el robo, el asesinato y la corrupción se hacen normales y son insumos que se venden más que la cultura y el discurso positivo. La cultura de lo mediático aparece en portadas con la única intención de manipular conciencias, claro en estos gajes el chantaje y el trafico de poder están al acecho o fijémonos lo que ocurre con cierto diario que no es puneño, pero que mediatiza todo discurso.





lunes, 14 de septiembre de 2009

EL GAMONAL

fotografía publicada en "Movimientos Sociales y la escuela en el altiplano" (UNAP-2007), y cedida para Apumarka, blog: Gamaliel y en el diario "Los Andes" de Puno, bajo el permiso de Pedro Pineda Aragón.




GAMALIEL CHURATA


(el siguiente relato fue publicado en la revista AMAUTA dirigida por J. C. Mariátegui, en dos números consecutivos)


Gruesa techumbre de totoras y de pajas. Habéis tenido ciertamente varias oportunidades de conocer la choza del indio puneño. La ventana mide apenas diez centímetros; es un hueco practicado a manera de pupila, en uno de los lienzos, en aquel de los lienzos que mira al sol. Su color, además del ocre de la tierra fructífera, suele ser el blanco o el siena. Un cubo. Junto a él unido por vértice de ángulo referente, otro cubo y más allá otro de menor volumen y luego los rectángulos numerosos donde se aposentan los rebaños. El plano verde. Verde veronés. El aire vibrante. Son las diez de la mañana. Húmedo de tibia húmeda. Primavera.

Su cara es fea, seguramente, Gorda no es. Al menos, viéndolo bien no parece. Flaca, tampoco, ¡Trabaja tanto y tan sin descanso! Cuando se trabaja así no se tiene los ojos en el abdomen y desde luego no se engorda. Pero es de una fealdad. Tiene ademanes desenvueltos y una picardía obscena en la mirada.

Se llama Encarnación. La dicen: Encarnita; y ella se goza con el diminutivo.

En el primer parto estuvo a punto de morir. Si nó es el kollawaya se habría ido al otro mundo. Con ciertos sobajeos en el vientre y la cadera y cuatro lagartos que mató en el patio, diciendo misteriosas palabras, el kollawaya la hizo partir. De lo contrario habría muerto. El marido se puso loco. SI TU ME LA SALVAS, decía, TE DARE CUANTO QUIERAS. Cinco días pujó Encarna. Ya le faltaban las fuerzas. Su flaqueza de ánimo la fortalecía para los extremos furores. MATAME, TATITO: YA NO PUEDO, gemía la meneona. Deseaba terminar de alguna manera. Miraba a su marido más abatido que ella misma. Acaso una sonrisa se agazapaba entre sus labios. El dolor del hombre era mayor ¡claro! Los oblicuos ojos de una mujer alumbrando al clavarse –ese es el término- en el marido, tienen elocuencia de volcanes que antes de vomitar sus lavas clavan un ojo en el cielo ya sobreespantado de estrellas. Un hijo es siempre una venganza de la naturaleza. El quiere decir que no estamos llamados a terminar con la generación la obra espiritual que, a cada rato, creemos llevar a sus ápices, y que debemos esperar de nuevos frutos nuevas perfecciones. Ciegos de hosca torpeza en todo procedemos así. Nos conceptuamos la fórmula definitiva y cuando el hijo balbuceando nos hace entrever el aspecto fugaz de una nueva belleza, nos enfurruñamos como felinos groseros contra la nueva belleza que él trajo, empeñados en que ésta que ya llevamos gastada sea la UNICA belleza del mundo. Moraleja: los hombre cuando han pasado los treinta años casi siempre son lo más burro de la tierra. Pero que de esta triste averiguación nos consuele saber que la Encarna parió y que su macho con la alegría del suceso, loco y loco, se dirigió a los corrales y cogiendo por las astas a un toro matrero lo dobló, lo unció, lo entregó de hocicos en el suelo. Loco claro. Loco de alegría.

Bien, pues. El gamonal a los diez años es un muchacho tímido y tonto, a quien, con toda facilidad, como se le pinta una mosqueta en el trasero, se le cuelga rabitos de papel. Es producto neto de hacienda. Se le reconoce por un fuerte olor a trigo tostado y en que en sus relaciones de amistad prefiere el mozo cuyo poder de puñadas le haya rodeado de una de esas admirables aureolas de trompeador que tanto se admiran en la escuela. Este le es tributario en cambio de una chuwa de chancaca y buena porción de tostados.

La debilidad de sus menores siempre está a expensas de su crueldad tanto como él a expensas del juicio definitivo que el profesor forma de su estiptiquez mental, pues a una brutalidad incalificable, une un carácter servil de los peores respectos. Es uno de los pocos que conservan sus cuadernos cuidadosamente aforrados, aunque la grasa y ese intolerable olor a tostado mal digerido los haga gaseosos y a él temible a la pituitaria. Por lo demás, nunca está entre los chicuelos que por un momento de amplio regocijo dan dos o una hora de reclusión. Por esa causa, sus copias rara vez no están con el día. Muchas veces, y debido a ello, logra destacarse entre los demás, o casi siempre, puesto que los resultados apetecidos son esos. Tanto en la vida como en la escuela, el gamonal posee un sentido práctico de resultados inmediatos. Persigue la solución de un interés próximo. En la escuela, lucirse, para imponerse llegado el caso. Se dirá que siendo así el gamonal a la postre resulta un ejemplar de hombre tesonero capaz de altas acciones. No. El gamonal olvida lo que engulle mentalmente, como evacua lo que ingiere por el estómago en grandes cantidades, sin que lo uno ni lo otro, hubiera llegado a producir el extracto vital. La prueba podría yo ofrecerla en los Diarios de Debates de esta República representativa, donde se ha levantado un monumento a la necedad y a la impudicia; de lo primero, que de lo segundo se vé en los poblachos, sin salirse muy lejos de las calles centrales, otras pruebas de esta falta de honradez digestiva…

El gamonal es el prototipo del machacón. Ha convenido en que atorarse de letras es ser un sabio y que se es más sabio y más fuertes en relación al número de horas consumidas en rumiar los textos absurdos de colegio. Por ello, en el colegio, el gamonal, es el mejor alumno; en la vida, si tuvo suerte, el hombre; pero, en verdad, una bestial Vela hasta las once o doce de la noche, deja la cama apenas amanece y reempieza los fatigantes y fatigosos estudios con un sonsonete muy parecido al avemaría de los llamos en el corral. Se podría inventar una sinfonía con el tema. Su nombre acaso esto: Sinfonía de la brutalidad angustiada. Es el primero en llegar a la escuela. Pero no se toma este trabajo inútilmente, robando alguna hora al plácido sueño infantil del amanecer, por ir a corretear con sus compañeros al campo perpetuamente vestido de fiesta para el corazón del niño. No; el campo es para el majjta una incitante tienda de refresco, un aromoso cajón de dulcero. El gamonal está pervertido. Es un instinto de cálculo sirviéndose de un cuerpo canijo y miserable. Llegado, se colocará frente a la puerta principal en espera de la llegada del profesor, con el objeto de hacer ostensible su aplicación y formalidad. El profesor lo nota, pero cuando el profesor no pertenece al género de asinus gamonalis, lo cual es bien raro, sufre de una dolorosa impresión frente a esa ruina precoz.

El mayordomo tiene, montados y dispuestos a partir en rondaje por todas las cabañas de la hacienda, cinco karabotas duros de rictus y mentones patológicos. Estas embufandados hasta cerca de los ojos para defenderse del látigo pampero. Sólo dejan ver las negras pupilas centellantes. El chogchi impaciente hunde la mirada en la lejanía nítida y gris. La respiración se ve en el frío de la madrugada. Y parten. Ha ordenado el mayordomo una requisa minuciosa. No debe quedar, sin ser inspeccionado, ningún rincón de la propiedad. Parten. Los caballos toman diversas direcciones levantando nubes en polvo…

-¿Tu marido?
-Se fue al pueblo, tatay…
-¡Mientes! No se fue al pueblo. Lo has ocultado. Las vacas no las robaron como afirma. Las ha vendido… ¡Miserables!

El karabotas hace caer su látigo sobre la espada de la india. Al hijo que llora le lanza un insulto soez. Le llama hijo de perra. Pronuncia bien claro, bien fuerte la palabra CARCEL y se vá. Al oírla, la mujer y el niño tiemblan. Receloso sale el indio de su escondrijo. Mira insistentemente hacia el punto de polvo en la planicie y luego tritura su maldición como todo hombre esclavizado, duramente, sin literaturas vernáculas, con palabras centrales y definitivas: ¡PERRO!, ¡CANALLA!, ¡PORQUERÍA!.

Tres leguas es poca extensión para una hacienda. Diez, poquísima para la llanura clásicamente andina. Pero a sesenta leguas todavía se ven precisas las cumbres vírgenes plasmar sus bellas formas triangulares. En la pampa inmensa y solemne se esperdigaban los ayllus, antes, y hoy sólo queda la cabaña miserable sin una flauta ni un huaiño. La cabaña de la hacienda sustituyendo al ayllu es como la jaula para el indómito kelluncho. El ayllu, reducido conglomerado de indios, era la paz y el amor abrazados en la rinconada. Al ayllu ha seguido la cabaña del colono, indio esclavo obligado a vivir como bestia, con un miserable salario, sin fraternidad ni sociedad. En la cabaña se convierte al hombre en bruto y cuando como el kelluncho prefiere morirse de hambre a soportar las rejas de la jaula, se le manda a la CARCEL. Eso es la pampa. Ningún hombre justo debe mirar esa gris extensión con necia indecencia. La pampa es una llaga sangrante; por todas partes deben oírse los gemidos del indio. Yo me explico por qué hay personas que al voltear una ladera, pasado el atardecer, oyen llorar las almas. Esos llantos no son leyendas. Un espíritu piadoso les hace oír lo que de otra manera no quieren. Nada de quenas y yaravíes ahora. Ya pasaron esos desgraciados tiempos del mundo cuando el dolor era un motivo poético. Los poemas de hoy son la sangre de los miserables convertida en gritos a la inquietud de los huesos por alcanzar la perfección teológica. En la pampa hay poco color. Violeta en los lindes del cielo, amarillo el pajonal interminable, blanca la nube y rojo el corazón del colono. Allá vamos. ¡Donde se siembra una injusticia se cosecha un vengador!.

Hay que ver al gamonal casi un hombre ya. Colo pan tostado, puesto que también heredó los cobres incaicos. Es alto. Tres años de vida pueblerina, le han dado lo último que la naturaleza le dará: juventud. Niñez no tuvo. Nació deforme, sólo apto para el engaño. Su primer paso en la vida social se reduce a buscar compadres entre abogados y funcionarios. Le importa muy poco la miseria y la orfandad de sus amigos si a su precio puede comprar un nuevo compadre. Esto mientras su hacienda le permita sólo una vida anónima y tenebrosa, pero si crece en proporciones, entonces, en una hora de vergüenza cívica, dicho sea con las palabras demagógicas, sus dineros, y sobretodo, los sabrosos quesos serranos, la imponderable mantequilla puneña, las pieles de vizcacha y vicuña y la sarta de chaullas, construyen el armatoste de una Diputado a Congreso, un prefecto o una personalidad cualquiera.
El Phuttuto es un clarín trágico. Su voz ronca al principio adquiere, conforme se eleva, determinada ondulación que es en veces grito desesperado, como de fiera, penetrante, que parte en dos la paz estéril de las serranías. Se utiliza, el caracol marino, pero en estos sitios las astas del toro bravo. El indio lo pule cuidadosamente, y amorosamente, hasta darle aspecto gracioso que no de beligerancia.

-¡Phu!...!Phu!...
La sugestión que su toque ejerce sobre el indio es de tonificación y ardorosidad. Para el criollo tiene efectos diametrales. Se piensa de inmediato que la indiada, insurreccionada, está oculta en los cerros, que la comanda Rumi naqui o Kalamullo, descendientes presuntos de la real familia incaica, que sólo esperan la llegada de la noche, y que en vandálicas hordas, saquearán, incendiarán, violarán. Todas las más refinadas atrocidades pasan por la imaginación del criollo cobarde, perezoso y autoritario. Y sólo fue un joven de nariz aquilina, tórax kawitesco, ojos pequeños de penetrante mirar, que sintiendo nostalgia de la maza y el escudo embocó el phuttuto en el silencio de las montañas. Ensayaremos imaginar los efectos que su toque produce en los segmentos de nuestra cosa civil. En los oídos del Prefecto, phuttuto suena a momento- en la cabeza del gamonal, tiene reminiscencia de guillotina- en el cándido corazón del obispo es hermano legítimo del pecado mortal, amenaza impúdica, desvirgamiento a forciori- para el desconyuntado organismo de la vieja beata, trae efectos espasmódicos, pues se tiene averiguado que cuando los indios se sublevan se arrechan por estas alimañas- en el iluminado cerebro del hombre (pido perdón por esta frase irremediablemente mala) es el grito vengador de una raza que pugna por sacar a través de los escombros de la justicia fosilizada en tribunales y gobiernos, el puño trágico. Así, como una alegoría de 28 de julio. ¡Pobres! Sin ver que en esos escombros no hay más que ceniza que aventar a los vientos de la sangrienta purificación venidera.

Uno… dos… tres…
¡A las tres!
Ha brincado el Sol en un telegráfico crepúsculo sobre la pampa que apenas tuvo tiempo de bostezar. El gris oscuro de la chuglla se acrecienta en la madrugada alegre. El rocío cintilante en la techumbre va cayendo en lágrimas por las pajitas del alero, una tras de otra, a la una, a las dos y a las tres… La india parsimoniosa se acerca a la vaca y cogiendo las ubres ordeña, largo… La tibia vaporación le pone una sonrisa de amor en los labios duros y cobrizos reflejando en las mejillas de carmín brillante. ¡Ella también es madre! Pero no le roban la leche de sus hijos. MENTIRA. A ella también la ordeñan los niñitos de la hacienda. Vacas! Mujeres!.

No es posible encontrarlo en otra parte por ahora. Está de perfil sobre la tarde. Hollando el suelo que el frío comienza a entumecer, saca la cabeza por sobre el mojinete de la chuglla. Tiene metido el chullo hasta cubrirse las orejas y media frente. El chullo es de un tono verduzco oscuro con ornamentaciones rojas de fáciles dibujos expresivos. Los ojos, mirando la lontananza sangrienta de arrebol poseen un dulzor de queja, y una ausencia de abstracción se desdibuja en la persistencia de una mirada sin pestañees. Se destacan los pómulos en una ténue sombra violácea cuyo vértice es un tajo lumíneo licuado en los bordes de las jetas. Será fácil comprenderlo. Es el hombre que domeñó a un toro loco de una fuerza de buey. Es el marido de la Encarna. Acaba de insultar sus espaldas la fusta del karabotas. Nada ha contestado él a cuento insultos le echara en el rostro. Permaneció callado. Hace tiempo comprende que ninguna actitud es más firme y elocuente que su poderoso silencio. Mira y calla.

De lo que es capaz, sólo una observación atenta podría revelarse Una frente breve, el macetero y el etmoides, férreas prominencias con el mentón. Todo es agresivo en él: la nariz, afilada en forma de corva, las órbitas dibujadas con dureza, el occipital donde se advierte la acción de un antigua deformidad y el cráneo todo estirado el bregma. Todo él, el ancho cuello y el tórax, dan sensación de poder. Debajo de la camisa de cordellate parece palpitar con el propio ritmo de la entraña, el deltoides, como en la bestia fatigada. Tanta extraña conformatura está aforrada de una piel cobriza que el sol bruñe con sus mejores fuegos. No habla. Pero la fogata de occidente en sus últimos resplandores, orifica su perfil metálico. La tristeza de un linaje perdido en el hueso se miraba en su fornido cuerpo de hambriento. El no es originario de la Hacienda. Ha venido de otras tierras del Ande. Llegó con sus padres muy joven, casi niño. En la hacienda envejeció, en la hacienda tomó mujer y en la hacienda dejó los huesos de sus progenitores. La hacienda venía a ser para él como una deidad ofendida que a cambio del mendrugo le arrebató todo, hasta el honor. Entre las cejas de esta cólera empozada día a día conoció, pues, a Encarna, y tuvo el hijo para quien ambicionaba una suerte menos perra. Encarna compartía con él tales ambiciones, y todos los colonos le oían con agrado.

En la puerta del caserío, el mayordomo borracho furioso, revólver en mano. Rodeándolo mujeres y viejos que miran con timidez y espanto.

-Tatay, es mi hija. ¡Debes respetarla! No es para todos, sino para su hombre.

Sin atender a las protestas del anciano, el bruto, riendo a carcajadas arrastra a la india.

-Te doy mi trabajo, pero no mi familia. Cóbrate en él lo que te debo. ¡Mis hijos son para mí!.

Admirándose de tal lenguaje, el cholo reía más.
-¡Ah! Te lo enseñaron los ramalistas …………… se comprende indio bribón. Pero ya irás a pagarlas en la cárcel.

No se la llevaba impunemente. El viejo arrastrándose llegó hasta él y le dio un empellón; pero por nada. Presto le metió tres balas a boca de jarro.

En la explanada todo es alegría bajo la luna. La “maestra” lleva el tema satírico y le corea el ruedo con alborozo:

Ese que está mirando
mejor será que se atreva.

El charango mantiene con simples motivos melódicos los temas de la danza. Es la kashua. Agarrados de las manos, hombres y mujeres, dan vueltas de graciosas actitudes. La naturaleza duerme. El viento silva entre los pajonales. Los perros aúllan en la lejanía pastosa mientras los corazones mozos tiemblan por el cercano connubio germinal.

Encarna se entendía con el mayordomo. Los palos menudeaban para el marido. Joven y provocante tenían que apetecerla el cura del lugar, el tinterillo y el mayordomo. Estando más cerca, éste aprovechó. Ella, demasiado vivaz para mujer de pobre, comprendía las ventajas de su trato con el patrón y no se resistía cuando la oportunidad les brindaba un acercamiento. El último hijo era evidentemente engendrado por el mayordomo. Todo lo hacía supones. Sólo el pobre de padre no lo habría creído nunca porque este último chiquillo era sus dos ojos. Encarna, lo trataba mal, muy mal. Parecía despreciarlo. Contestaba casi siempre con indiferencia y dureza. El marido nada entendía de esto. Nadie hablaba nunca de lo acontecido. Es que el mayordomo, mañoso en tales artes, se la llevaba a sitios descampados en llanuras inmensas, donde nadie pudiese verlos. Y nadie los vió hasta entonces. No era bonita Encarna. Era joven y dura, de carnes prietas y sólidas. Sus senos tenían la erectez de los quince años y sus ojos la quemante sensualidad de los veinticinco. El mayordomo estaba enamorado de Encarna. Le había propuesto abandonar a su hombre. Estaba enamorado hasta la coronilla.

Con lentitud y gravedad, vacas y toros, abandonan los corrales después de ordeño oloroso. Siguientes, con finos ademanes, llamas y alpakas. Ovejas y cabritos se van alejando también bajo la presión de la hora suave y tónica. Humean los fogones. Los gallos cantan. Los pajaritos pían en vuelos tensos. Asomadas a las puertas de sus chugllas, las madres entregan los pezones a las boquitas desdentadas de los majjtitos, mientras los hombres se afanan en labores múltiples. Paz que transpira.

El gamonal, de todas maneras, es un poder influyente, relacionado con lo más oloroso y rumboso del centralismo capitolino. Entonces, su interés y el de la camarilla que lo ha ungido, le obligan a sostener un diario en la provincia escrito por infelices del subsuelo. Toda la basura empleómana está arrodillada a sus pies. Diez años en la Capital, le han dado una forzada distinción. Viste con uno de sus últimos modelos europeos, usa sombrero de copa, y quema cigarros puros, que no recuerdan, por cierto, al sojtapicho pueblerino.

Los cielos nocturnos se suceden, uno tras de otros, sin nubes. Toda la congestión estelar gravita sobre la pampa, como ubre pletórica de leche estéril. Las chacras están muriendo en las rinconadas asesinadas por el hielo. El indio prende su fogata en la montaña para ayudar a la tierra, a la madre a producir el calorcito que contrarreste la cuchilla del hielo. Chillan las criaturas en todas direcciones elevando en la extensión ilimitada una sola voz angustiosa, llena, de lágrimas, doliente de ladridos y pellizcos y junto a este alarido viene un dolor que tiende a revelarse. Los hombres se han reunido en la cumbre. No es literatura lo que vengo relatando. Los indios van a los picachos como al corazón sigiloso de la tierra a tramar sus venganzas o a maldecir. Esto no es repito literatura. Literatura es aquello que he oído contar alguna vez de un indio expulsado de la hacienda con sus hijos y que por toda venganza al llegar encima de la cuesta se dio a sonar el phuttuto. Eso es literatura. Literatura es aquello del indio enamorado de la quena, el indio enfermo de tristeza. El indio siendo hombre y de los mejores, no ha de tener tiempo para literatura linfática. Los indios se reúnen para maldecir, si no más, el mayordomo, esa bestia carnicera, a los patrones, esas víboras, al párroco, ese bribón, al quelkere, esa zorra. Nadie explica si los verdugos son los actuales poseedores de la Hacienda. Los que dominan gozan la utilidad de su trabajo y son causa de sus hambres. A ellos, pues, debe encaminarse la venganza. Con aguzar un poco la mirada se vé el caserío de la finca perdido en una rinconada a muchas leguas de distancia. Hacia esos lugares se vé parpadear una luz.

Alrededor de la fogata hay un maravilloso registro de gestos. Todos tienen torva mirada, labios gritadores en impenetrable mudez. Están reunidos para maldecir, y aunque alguno habla exponiendo planes, no se le toma en cuenta. Hay una sola verdad; y es que deben alzarse, invadir la finca y acabar con los malditos. ¿Cómo se hará esto? Lo importante es que se haga. Uno se yergue sobre los demás. No es para mandar. Es para dejar que sus nervios tiemblen mejor. Circula una cita. ¡Iremos! Y luego no se oye más que el general llanto surgiendo de la pampa enorme enrojecida de coraje. No hay cosecha… Pero los graneros están repletos en la Hacienda . ¡Adelante!.

En medio de una planicie suficientemente extensa para causar la admiración de cualquier lechuza, hay un cerro de cono truncado sobre cuyo plano se alzan dos chullpas de prieta roqueda. Están semidestruidas, pero conservan aún la grandiosidad del pasado. Hablan con lenguas multicolores, si se les mira como a juguetes persistiendo en las arrugas de los siglos. Ellas, a pesar su conformatura semitrágica, son para el hombre divergente, adornos del Tiempo, como aretes y cachivaches de momias. Rectangulares, como toda obra inkásica, hacen pensar en una angustia superior a la risa, pero que llama a risa siempre, desde que la risa es canal por donde evacúan las cloacas interiores. En alto relieve hay tallados dos pumas: son el símbolo de la libertad concedida por la Naturaleza a los hijos que se alimentaron de su sangre!

Que los temas musicales que el indio desenvuelve en su rústico carrizo obedezcan a melancolía, a tristeza añeja, fruto de mitimaes, imperio y conquista, podría ser una afirmación respetable para quien no presenciará el devenir andino y lo que es más, para quien no hubiese sentido en sus inquietudes arder la llama oculta que es el mandato de la raza. El indio es de espíritu vibrátil, pero no bullanguero; la naturaleza es épica, pero no revoltosa. Y el huaiño que ha sido ahora interpretado como un bailable sin otra trascendencia, encierra cuanto ha pensado; en el monumento de las cóleras vengadoras es la representación completa de su poder y en la danza la invitación viril del mancebo fornido y florido. Acaso el huaiño en ciertas actitudes describe la unción guerrera y siempre un ímpetu de dominio.

El marido de la Encarna, alguna vez hubo de pillarla debajo del hijar anheloso del mayordomo. Aquella vez vació toda su cólera. El mayordomo no tenía armas con qué defenderse. Tuvo que soportar el castigo del hombre. Cada porrazo parecía maltrato. Ese esqueleto primitivo daba la impresión de una maquinaria de muerte. El mayordomo pidió auxilio; pero ¿a quién? El carnudo se lo prestó dejándolo semimuerto en el suelo tantas veces cómplice. A Encarna la miró con pena. Se la llevó reprendiéndola, amonestándola; casi con dulzura. Pero a los ocho días encontraron al mayordomo con la cabeza cercenada en su propia habitación, mientras el marido de la Encarna picchaba su coca habitual. Así permaneció hasta que se lo llevaron a la Cárcel.

Todas las noches gime el viento entre las breñas, silba en el vericueto, amenaza sordamente entre los pajonales. En sus chillidos alguien descubre pasos del huaiño. Es a veces la canción pastoril, motivo de paz arcádica y el puñal que desgüella y justicia.

En la quietud penserosa de la parcela cuán dulce y grato al espíritu el discurrir cadencioso de la existencia animal. Cuando miramos, es la chita que balando busca en conglomeración de carneros el pezón de su ubre. Sabe reconocer la voz de su madre, su dulce entonación. Esto ocurre al atardecer cuando el zagal arrea el ganado al establo. Dios fraterniza con la luz dorada y la enciende de misterioso hondor.

¡Ah! Entonces se comenzó a oír los breves, espesos rugidos. Ya, hacía el medio día, para quien oye y de sabe comprender, la pampa estaba preñada de cóleras. Ya se oía el breve y espeso rugido:

-¡Phu! ¡Phu!
Compactos grupos de indiada, descendiendo los cerros, armados de garrotes, cuchillos, rifles, hondas, ya de noche, se aproximaban al caserío. En la Hacienda se tuvo noticia tarde y luego se procedió a cerrar las puertas, armarse y mandar “propio” a la capital en solicitud de fuerzas de policía. La indiada se acercaba. Eso era evidente. Silbaron algunas piedras. ¿Quién comanda a los Indios? Eso no se sabe ¡Alguien va! Los phuttutos rugen con más frecuencia y en todas direcciones. Vibran en lejanas y, como si la montaña recogiera la voz, se les oye bramar junto a los corrales de la alquería. El mayordomo está convencido que el ataque no tardará. Pero no sabe que cuando habla le están oyendo orejas enemigas acurrucadas en el fondo del patio. Antes que lo ataquen, pensando intimidarlos, parapetado sobre los techos y ventanas, vacía sus cartucheras. Entonces los indios brotan del suelo y se inicia la lucha. Ya se perciben los ayes de algunos heridos y en el reposo bestial de la noche el quejumbroso balido de las ovejas que rompen la estaca, del redil y ciegas se echan a huir impelidas por el espanto de los hombros. La indiada trata de forzar la puerta principal. Ellos esperaban que se abriera pronto; pero ya han sido degollados los encargados de hacerlo. Presto se ve surgir una llamarada humeante dentro de las pajas de la techumbre y un alarido de placer y victoria enronquece. Los gritos se centuplican estentóreos y epilépticos. El fuego, en lenguas, lame los muros y se contorsiona en el espacio. Desde el mojinete donde se defendía bravamente ha caído uno de los hombres de la finca, uno de los malhabido secuaces del gamonal. Ha caído entre las fauces, sobre el haz de leña, verde, carne fresca para el kancacho. Lo trucidan con desesperado gesto. Lo maldicen. Lo parten. No le dejan tiempo para confesarse, lo cual es el último dolor del católico. La puerta no cede; pero con felina agilidad se ha visto a un muchacho trepar paredes, el ancho cuchillo en la boca sangrante, atravesar los techos entre las llamas y perderse en nubes de humo… y luego nada. Sólo que la puerta gira sobre sus goznes y la ola furiosa invade el caserío. El incendio se ha propagado. El patio donde acuchillan y machucan, quema como un horno. El mayordomo está tostándose en un rincón; lo buscan afanosamente. Hay montones de cadáveres. Los fusiles no dejan de vomitar agonías. Lloran las mamalas prendidas de sus amados cadáveres, cuando les cae un adobe del edificio que se desmorona. El muchacho de la hazaña que hubo de hundir su puñal cien veces en doscientos pechos, se bate como un puma acorralado. Su cuerpo no tiene un lugar sano. Le han acribillado las balas y muchos puñales se le han hundido. Apenas respira, pero es para levantar el brazo y enterrarlo en el primer obstáculo que encuentra. La sangran las heridas. Los trechos del rostro que no ha manchado la sangre tienen una palidez de muerte. Ya abre los ojos con dificultad. Apenas puede proferir una maldición: ¡perros!. Se arrima a una pared. Se arde. Se muere. El, que veía todo con serenidad y precisión, siente que le han campanilleado en el oído como si un campanazo fantástico estuvieron golpeándole el cerebro. Ya no ve las cosas bien. Las vé borrosas. Oye una voz lejana: ¡Huahua! ¡Huahuay! Pero la voz se pierde en una lejanía muelle y porosa. Está blanco todo. Se sonríe. Hay entre sus nervios un cosquilleo que le hace sonreír. Y luego amanece. ¡Cómo! Si, amanece. La noche ha fugado asustada. Todo lo ve de una claridad lechosa. Las nubes teñidas de un rojo de leche sanguinolenta. Y nueva vez la campana y una voz que en la lejanía le dice ¡hijo! Con dolor o locura. Y la mujer del encarcelado tirada debajo del perro mayordomo. Y se vá U. para la feria con los pollerines vistosos y coloridos como aparato de fuego pirotécnico. Y otra vez la campaña y un sueño que se está durmiendo hace siglos. Y alguien que pretende despertarlo en la cárcel está también junto a la burra de buena leche. La burra negra ¡Qué tontería! Es Juez de Paz. Y se ha casado en San Juan el bribonzuelo. Se cayó la mula en el viaje a la montaña cuando el río le gritó su hambre desaforada y el sol por capricho se ha metido en la calceta de la vieja. ¡Ah, la vieja perra, es la madre de gamonal! Y cuando era niño y todo le gustaba el pan de la ciudad tan blanco. Y las calles eran tan dulces y la plaza de Puno azúcar. ¡Qué bien comen en la ciudad! Y otra vez la campana y la voz que dice ¡HIJO! Y él que se sonríe porque ha hundido su puñal en donde hubo sitio. Y luego más blanca la alborada y por fin se ha evaporado y no oye nada y nada comprende, porque él ha triunfado sobre todos y contempla su victoria cuando lo meten en la tierra envuelto en una frazada vieja de su abuelo. Pero ya no ¡está muerte!

Vuelve el gamonal el terruño. Es recibido en la estación por la innumerable pandilla de sus asalariados, aunque no falten cuatro cholos altivos que vayan a sonarle pitos y latas a cambio de un cuartelero de esos que dejan el cuerpo molido, pero honrado. Al siguiente día el periodismo local, -casi suyo en absoluto, puesto que el que no se mantiene a causa de subvención fiscal, callándolo discretamente, por cierto, y en el colmo de la desvergüenza, lanzando papirotazos al amo que lo hace desayunar, seguro de que su hojita no llegará hasta la Capital, el que no se mantiene así, digo, se desencorcha debido a su dineros particulares, -llámale conspícuo ciudadano, estadista de intuición, parlamentario elocuente e integérrimo, hábil político y por último, hijo predilecto de la madre tierra, honra y gloria del campanario, e inserta los ardorosos y elocuentes discursos que prepararon dos semanas antes sus fieles y agradecidos eunucos. Divinizan el menú, obra de arte sobre la cual escribe alejandrinos de corte modernista, según propia expresión, el poeta de la aldea, un paliducho señor, limeño por antonomasia, que tiene por alma una bacinica de hospital. Divinizan el menú y se lo enguillen regiamente, sobre todo el poeta.

El hombre ante tantas visitas de gentes desconocidas, la mayoría de las cuales no entiende su idioma, se acoge a las rejas de presidio y mira con angustia mal reprimida, pero ahora con desconsuelo superior a la muerte. Todo sólo le miran y pasan. Pero ellos no pasan para él.
-Por qué te han encerrado?
-¡Tatay!
-Has matado?
-¡Tatay!.
-Has robado?
-¡Tatay!

Al cabo de pocos meses se le verá aparecer tras las rejas mirando con cínica insolencia para relatar con frialdad los detalles de su crimen.

Ese cholo alto y fornido, de una belleza insospechable, es motivo de motivos para la generación de locos que hoy invaden el planeta. Allí el indio refina sus vesanias y cuando sale ¡al fin sale, porque él sabe esperar! Es un bravo e invencible caballero de asesinatos y robos.

La agilidad de un lazo bien tirado tiene el río que desciende entre fragosas montañeras, viniendo desde la apartada región de los hielos perpetuos. Mete bullas ensordecedoras de amplias sinfonías, brama y ruge entre los picachos, de desliza lento y suave en las pampas, melodiza y tañe entre las gramas de las moyas. A él se acogen los patos trigueños de plumajes tornasolados. Las marihuanas y los íbices fraternizan a sus márgenes engullendo el limo grasoso. Sus aguas no se utilizan para regadío. Pasan veloces hasta las hondonadas de los valles y más allá a sumirse en el caudal marino. Abajo es la providencia. Entre los hielos una lágrima de metafísico brillor.

Vamos a protestar en forma rotunda. El indio es la bestia del Ande. Y ha sido el constructor de una de las civilizaciones, o mejor, de una de las culturas, más humanas y de más profunda proyección sicológica. Cayendo bajo la garra de España, el español le ha contagiado sus defectos sin dejarle sus virtudes. Le vilipendia hoy el mestizo, el blanco y el indio alzado en cacique. Esta extorsión no tiene ningún objeto progresivo. El indio es, por ahora, y en la hacienda, retardatario y ocioso; el blanco no lo e menos. Hay descendientes de español que poseen dos siglos, vastos latifundios, y no han llevado un tractor, un automóvil, algo que revele espíritu de progreso. El indio es ocioso; el gamonal, además de ocioso, es ladrón, fatuo e ignorante. Nada le lleva entre manos, sino el alcohol para degenerarlo y el rebenque para humillarlo. Ninguna escuela. Ni aún escuela de frailes que es, en el Ande, escuela de achatamiento, donde se le hace comprender la SUPERIORIDAD del “niñito”. Ni el gobierno. El gobierno es el mayor gamonal de la sierra, y a él se afilian los menores gamonales para tejer la impenetrable malla del centralismo limeño. Mientras tanto, el indio que es un hombre superior en mucho al mestizo politiquero y banal perece en los llanos del Ande sin una esperanza de regeneración. Pero estos levantamientos son el anuncio de uno mayor que cundirá con proporciones dantescas luego que haya llegado el dolor a sus límites, para imponer, por vez primera, un poco de justicia social y económica en los territorios de este vasto país de los inkas, el cual –así debe conocerse en América- es uno de los que tiene mayores injusticias que remediar y más campos que sembrar. Es pues, forzoso reconocer que estos llanos del titikaka engendran buen número de anarquistas. Pero, que todo ello cuaje en beneficio de una revolución humana, pues no hay que olvidar que cuando se nace en tierra israelita ha de ser para expandir sobre el planeta un nuevo concepto de justicia y ya no moral sino biológico.
Monta el señor en brioso caballo de montura de caja, enchapada de plata y se dirige a visitar sus dominios. El gamonal es buen ejemplo de sentido decorativo barroco. Lleva finísimo sombrero (el más caro para el caso) poncho de vicuña con guardas de seda, bufanda del mismo material finamente tejido, botas de charol y arcaicas espuelas roncadoras (de oro). Nada ha evolucionado. Es el tipo del colonizador pubiano, religioso y fanático, torpe y ambicioso. Recogerá, instado por el temor de las habladurías, a todos sus hijos habidos en vientres de indias para mandarlos a la Capital de la República, a los colegios, gozando de becas para estudiantes pobres. Visita a sus pastores. Muchos le recuerdan los pasados años de pillaje: él ha engordado; ellos están abatidos. Mira, cuenta, suma, multiplica… Tiene una mueca.

Efectivamente, no lo engañaba el Administrador, los terrenos han sido agrandados.
Se felicita íntimamente.
Pero habría sido perder el don de gobierno que se le descubrió en Lima, si no comprendiese que nada hay más peligroso para quien manda que dar muestra de íntimo orgullo por los resultados que un servicio humillante, le muestra tras de miserables. El señor hace un gesto público de desagrado. Regatea el sueldo al administrador, disminuye el fiambre de los chacareros, estudia un aumento de sueldo al abogado y ordena la prudente distribución de lechones entre la gente de pro.

Vuelve a Puno. Promete secretarías, subprefecturas, porterías, becas, subvenciones, títulos académicos, lleva consigo dos o tres muchachos pobres cuya mentalidad sea una esperanza para la patria y, para comprobar la parábola de su actividad política, ofrece un pilón para la plaza equis y una subvención, del cincuenta por ciento de sus honorarios, para las sociedades obreras. Y así, grave, onomatopéyico, ventrudo, retorna a la Capital. El presidente, su amigo y cofrade, le guarda un ministerio. La sombra del Gamonal en la provincia toma entonces proporciones fantásticas. Allá su vida pasa de antesala en antesala, del W.C. al comedor de un ininterrumpido banquete, hasta que un buen día se le revienta el abdomen y el ilustrísimo arzobispo de la arquidiócesis le canta un responso en dó mayor… Su periódico de la provincia se enluta, las condolencias son generales, cívicas. El Administrador de la Hacienda está desorientado, pero a fijas íntimas sabe cómo va a proceder: el ganado será arreado a buena distancia, y luego… El prefecto sufre un ataque cardíaco. A los secretarios profesionales se les vuela el apetito; pero el indio, en la Cárcel, se sonríe: acaso este feliz coincidencia sea el origen de su transfiguración!.

En verdad los profundos secretos de la cosa pública han sufrido una interrupción penosa. Hay que hacer nueva máquina. El gamonal, personalidad impulsiva, una formidable capacidad intrigante, hombre de rápidas determinaciones, ambición inagotable y gran estampa teatral: vientre bello como la giba del monte, dentadura como las muelas del mojino, ha pasado y definitivamente, por las perspectivas del poblacho provinciano, dejando la certidumbre de una ausencia opilante. Nadie podrá continuarle. Ha reinado con derecho divino. Nació para mandar y todos le han obedecido. Sus extensas propiedades se repartirán entre sus nulos descendientes. Las tierras tendrán un nuevo propietario y una vez más se alejará la esperanza del indio de volver a la posesión de sus herederos. Para el departamento comienza una nueva vida.

Ya nadie sabe lo que vendrá después.

EGUREN



Emilio Armaza


EL SER

Como no es filósofo Eguren no intenta una definición del ser. En cambio puede expresarlo mediante el símbolo poético, imaginado en el instante en que la mente está absorta ante el misterio, contraída en la indagación ontológica. El ser es el dominó-vacío, pero animado.

Vacío, vacío, apenas una tela. Menos que un fantasma y sin embargo ciento por ciento vivo.

Dominó vacío, pero animado.

Es el ser separado de sus cualidades, sin corporeidad, sin antecedentes, sin transmigraciones. Una esencia cuya naturaleza ignoramos.

Además de abstracto, este “ser” es un disfraz. Está desfigurado para que no sea conocido.

En el vértigo de la meditación ontológica, ante el abismo de la oscuridad y el silencio, el poeta imaginó al ser algo distinto a su apariencia.

Como un disfraz.

De esta manera nos ha dado una extraordinaria, originalísima y profunda imagen poética del ser, que nos induce a su sentimiento –sentimiento del ser- igual que una definición nos conduciría a su conocimiento.

Alumbraron en la mesa los candiles moviéndose solos los aguamaniles, y un dominó vacío, pero animado, mientras ríe en las calles la verbena, se sienta, iluminado, y principia la cena.

Ya hay algo más que lo animado en el disfraz vacío. Al sentarse a la mesa se le ve iluminado. Es como si, frente a la vida de relación, próximo a dialogar con los comensales, hubiese adquirido plenitud de existencia. Ahora es un ser existencial. Si el lector desease penetrar en el detalle, podría tomar el participio “iluminado! como sugerencia de comunicativo, locuaz, sonriente, ingenioso… o quizá el poeta ha querido significar intensidad de pasiones.

Su claro antifaz de un amarillo frío da los espantos en derredor sobrio esta noche de insondables maravillas.

Insondables ciertamente porque estamos en el límite de la nada.

En antifaz de un amarillo frío, es la imagen de la muerte en otros capítulos, que la idea de la muerte pinta en la retina de Eguren el color amarillo.

¿Qué mejor antifaz para ese “dominio vacío” que el rostro enmascarado de la muerte?, con dramática lógica el poeta ha creado un protagonista cuyas esencias son el ser y la muerte. Es una manera altamente bella de expresar el destino de la vida: Pero hemos de morir con espanto (“da los espantos en derredor sombrío”) y el miedo ha de transmitirse al mundo exterior, conmoviéndolo, trastornando sus circunstancias, pues el antifaz amarillo

tiende vagas, lucífugas señales a los vasos, las sillas de ausentes comensales.

Sin embargo, el signo del momento es el goce de vivir, pleno de dicha, porque es la

…alta noche de voluntad ignota.

Voluptuosidad ignorada por el dominó; pero henchida de promesas, de fragantes recuerdos y embriágueses al otro lado de los muros, “en las calles (donde) ríe la verbena”.

¿Qué hará el ser, transido de muerte?
En la luz olvida manjares dorados ronronea una oración culpable llena de acentos desolados y abandona la cena.

Renuncia a los goces (“olvida manjares dorados”); se cree culpable y recurre a Dios, con palabra triste y sombría. Entonces, lleno de preces y de culpa, abandona la cena.

La frustración de la vida. Vivir no es sino mero preparatorio de algo que jamás se realiza.


EL TIEMPO

Un ensayo de Mariano Iberico sobre el sentimiento del tiempo, me dio la clave para comprender a Eguren.

El filósofo sanmarquino, explica que cuando ciertos hechos del pasado se estereotipan, no sólo como recuerdo sino con vigencia de presente, operando como presente, quien así los vive tiene el sentimiento del tiempo mágico.

En el tiempo histórico, diríamos el tiempo normal o común, el suceder pasa por los planos de pasado y presente; pero en el tiempo mágico o mítico estos planos son simultáneos. Para Don Quijote, cuya luminosa locura inspiró a Iberico el estudio sobre el tiempo, el pasado es a “a la vez ido y actual”, sentimiento que le hace ver como realidad del presente la existencia de caballeros andantes, quienes eran ficciones del pasado. “Al contrario del tiempo histórico que es un pasar irreversible –dice el ensayista- el tiempo mítico se renueva, lo que implica el retorno del pasado que sin dejar de ser pasado, vuelve a incorporarse a la plena actualidad del presente”.

La poesía de Eguren está fuertemente impregnada del tiempo mágico.

El tiempo mágico, que lanza a Don Quijote a la aventura, estimula en Eguren las preocupaciones ontológicas y le sirve eficazmente para el logro de creaciones, que no tienen comparación en la historia de la poesía.

La más característica es El caballo:

Viene por la calle a la luna parva un caballo muerto en antigua batalla.

No es que haya resucitado. Sigue muerto, pero “viene por las calles”. El pasado, sabe Dios cuán remoto, durante el cual el equino tuvo existencia, retorna “como nuevo presente”.

Retorna también, más escalofriante que el pasado de la vida, el pasado de la muerte, el episodio de la muerte, “en antigua batalla”.

Es un caballo, en el que funcionan simultáneamente la vida y la muerte.

Sus cascos sombríos… trepida, resbala; da un hosco relincho, con sus voces lejanas.

El plural indica diversos grados de lejanía (“voces lejanas”) porque el sujeto gramatical no se refiere a varios animales, sino a uno. Sus voces vienen como escalonadas, de todos los rincones del pasado, hasta el más remoto; y en este surcar el tiempo nuestro pensamiento encuentra el pasado de la vida, o sea la plenitud vital del caballo. Así nos gana, también a los lectores, el sentimiento del tiempo mágico.

¿Cómo ha de ser sino hosco el relincho de un caballo muerto?. El animal se muestra huraño, esquivo, áspero porque está usando una propiedad de la vida –relinchar- que no le pertenece; y además se le entraban los pasos (“trepida, resbala”) y sus cascos son sombríos, como las manos de los hombres espectrales. Hay en esta imagen, obtenida con acumulación de materiales de angustia, una gran fuerza expresiva que rompiendo los límites de la lógica nos da la versión completa de la muerte; más patética, que si el poeta hubiera presentado un caballo yacente, yerto o mostrado sus huesos descarnados.
En la plúmbea esquina de la barricada, con ojos vacíos y con horror se para.

La barricada ha sido seguramente el lugar de la antigua batalla. Allí murió el que ahora retorna hasta la silenciosa esquina gris, otro escenario de fragor. Entonces el equino vuelve a vivir su muerte. (“Con ojos vacíos y con horror, se para”). Ya no hay hoscos relinchos, ni andares vacilantes. Sólo las cuencas de sus ojos vacíos… y el horror eterno que sufre, la conciencia de su muerte.

Eguren ha creado otros de estos muertos, cuya vida perdura en el tiempo mítico. Leamos Los Delfines.

En amplio salón cuadrado de amarillo iluminado principia la angustiosa contradanza a la hora de maitines de los difuntos delfines.
…………………………….
Ora avanzan en las fugas y compases como péndulos tenaces de la última alegría.

La alusión al tiempo se manifiesta en la figura del péndulo, sugerida por la objetividad con que el poeta capta el rítmico ir y venir de los delfines en la danza. El reloj marca las horas del tiempo mágico; y en sus manecillas, o en el péndulo, ésta asida, tenaz sobrevivientes, “la última alegría”.

En Lied III los muertos vivientes son cosas, embarcaciones náufragos:

En la costa brava suena la campana llamando a los antiguos bajeles sumergidos.
…………………………..
Carcomidos, flavos, se acercan vagando…
…………………………..
En la costa brava suena la campana y se vuelven las naves al panteón de los mares.

Los bajeles muertos no tienen sentido. Es distinto de estar al garete. Simplemente vagan. En la inmensidad de los mares no hay para ellos ni ruta ni puerto. Por toda esperanza sólo esperan que vuelva a sonar la campana para retornar “al panteón de los mares”.

LA MUERTE

A pesar de que la muerte es su tema primordial Eguren no hace necroscopias.

Nada hay en sus creaciones, que se asemeje siquiera lejanamente a ese hurgar en las emanaciones de los cadáveres, en que es maestro el genial autor de Las Flores del Mal.

El simbolista peruano, jamás habría imaginado el macabro relato de Baudelaire:

Al borde de un camino una carroña infame en lecho de piedras sembrado.
………………..
Las moscas bordoneaban sobre aquel vientre pútrido del que salían batallones de larvas negras, que corría como líquido espeso por esos vivientes jirones.

Muy otra es la visión de Eguren. Sus muertos no pasan por la etapa de descomposición, no cumplen el proceso hacia el polvo, no necesitan formol.

O viven en el tiempo mítico, como el caballo y los delfines; o en ellos la muerte está cristalizada, hecha marfil. Purificada.

Contemplé en la mañana la tumba de una niña.
………………..
Murió canora y bella y están sus restos blanco como el marfil pulido.

Ante el esqueleto, Eguren evoca la vida con serena nostalgia. Pone de lado los crespones funerarios, que le quitan perspectiva al recuerdo, dulzura al pasado. El poeta, por haberse situado más allá de lo perecedero de la carne, eternizar en el hueso (“como el marfil pulido”) la existencia de la muerte.

Entonces, qué sonriente, dichosa y alegre, a pesar de la tumba, se siente a la niña de marfil.
¡Y qué intensa vida hay, cuánta vida en su recuerdo!.

Pensé en el jardín claro, en el jardín de amores de la beldad despierta.
…………………..
Pensé en la rubia aurora de juventud que amara la niña, flor de cielo.
………………….
La núbil áurea, bella de otras edades, ceñida de contento.

La magia del poema es maravillosa. Logra la resurrección de la niña. “Ceñida de contento”, que se entiende además, como un cuerpo formado por la dicha, un cuerpo que la felicidad ha dibujado. Hay un rejuvenecimiento radiante. El momento del “núbil aurea”, el más alto potencial de amor durante la vida de la niña, está eternizado en la muerte.

Este recuerdo de la ausente, surgido ante sus “restos blancos”, es como un río de aguas azules, una corriente de inolvidable transparencia que regresa de la muerte hacia la vida.

En cambio el recuerdo de los muertos es sombrío y triste, catapulta de la desesperación, cuando en ellos perdura aún la forma que tuvo la materia viva. Ese recuerdo irá siempre hacia la muerte. Es lo que Eguren rechaza, se niega a ver, porque en la forma de la materia que tuvo vida se concentra todo el horror de la muerte.

Formas, sólo formas de la vida, son las manos muertas una sobre otra, implorando, el semblante del recién fallecido, expresivo de sus últimas emociones, como dormido para que el ensueño sea más íntimo… y la carne allí, helada, la misma que se estremecía de angustia o de goce, intactos los órganos de los sentidos como si prosiguieran conduciendo el fluido de la lucidez. O el plumaje del ave recién muerta, sedoso, brillante, íntegro para el vuelo; o la piel lustrosa del caballo y sus ijares nerviosos. Tendido todo esto, inútil, yerto. Solo forma, forma sólo de la vida.

Es lo que sigue muriendo, en el muerto y en nosotros. Recordemos a Vallejo; “Pero el cadáver ¡ay! Siguió muriendo”.

Los muertos de Eguren ya no mueren. Viven y brillan. Contrariamente a lo fúnebre son muertos blancos, como la de marfil; como

los nevados muertos
……………………
lentos brillan blancos por el camino desolado.

Sobre todo son tranquilos, angélicos:

Pasó el vendaval: ahora con perlas y berilo, cantan la soledad aurora los ángeles tranquilos.

Aquí advino un sentimiento escatológico. El vendaval simboliza el fin de todo, la muerte total. El poema dice que están “caídas las hojosas plantas de campos y jardines”.

Se alejan de madrugada y con la luz del cielo en la mirada los ángeles tranquilos.

La muerta de marfil tiene quizá, en su vieja tumba, “luz del cielo en la mirada”.

En La marcha fúnebre de una marioneta, encontramos excepcionalmente en la obra poética de Eguren.