jueves, 24 de septiembre de 2009

AYES DEL INDIO


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fotografía cortesía de la familia Bustinza Cordero. publicado en "Movimientos Sociales y Escuela en el Altiplano (1860-1930)"; UNA-P, Puno -2007.

Escribe: Telésforo Catacora

El presente relato fue escrito a mediados de 1902, la precocidad del escrito no merma la riqueza del lenguaje, por el contrario sitúa a su autor como uno de los iniciadores del cuento realista, el documento fue encontrado por René Calsín Anco, el en diario el Siglo, el mismo que fuera dirigido por el Dr. Carlos Belisario Oquendo Álvarez, fue publicado además en mi libro “Beso de Lluvia” (Literatura Regional, CARE – Perú 2008). Reproducimos aquí el documento porque lo estimamos de interés y de dominio público, para que se preserve y estudie; ya que el original ha desaparecido dolosamente del archivo correspondiente, según nos informan los curadores del mismo. (J.L.V.G.)


Muerto de fatiga, absorto de miedo, se asomó Juan a la cerca de su choza. La postrera fulguración del sol se extinguía en el ocaso, y en el corazón de Juan se desvanecía su última esperanza.

- ¡Ah, jamás habrá salvación para nosotros! – exclama con una mueca de horrible desengaño.
La tierra se sumergía en las tinieblas de la noche, y mil temores se presentaban en la imaginación de Juan.

- No hay remedio, me matarán los mistis – decía entre despavorido e iracundo.

Y se sumía en tétricas cavilaciones. Si anoche de la desesperación con que delirara sobre la tumba de su padre, surgieron mil halagüeñas esperanzas; ahora, de las ilusiones que se forjara a la vista del Delegado, sólo surge la decepción más desgarradora. Si anoche se revistió de supremo coraje, porque creyó llegada la ocasión de conquistar la libertad; ahora cae en triste amilanamiento porque se convence una vez más de su miserable condición de esclavo. Al pensar en la vaga promesa del Delegado, una acerba desconfianza le mortificaba. Al pensar en la furiosa imprecación del Gobernador un aterrador pánico conmovía todo su ser.

En tan sombrío Apocalipsis cavilaba Juan cuando bostezó, señal de angustiosa hambre le recordó que en todo aquel día no había comido. Entra a su choza donde junto a un grotesco fogón de barro, en una mugrienta olla, con un pedazo de carne seca y un poco de chuño aguzanado condimenta su mísero alimento.

Mientras tanto en el pueblo, allá, en la casa del Gobernador, apenas se ha ido el Delegado, todos, desde el obeso prohombre, hasta el más grasiento quelqueri, desde la mujer del Cura hasta la última rapaza de la cocina, todos vociferan, crujen, maldicen, engulléndose sendas copas de aguardiente. Era aquello un festín de energúmenos.

Por un momento, puso en calma esta agitación de pantano, el prohombre Gobernador, mascullando con voz aguardentosa:

-No tenemos por qué alarmarnos tanto. Bien saben ustedes que el señor Tovar es el todopoderoso de estas tierras, ahora bien, ¿de qué se trata? Pues nada menos que de él. Estas acusaciones de los indios al ser atendidas a nadie dañan más que a Tovar, y dígase de paso, también a Romaña; pues, estos como nosotros explotan al indio ¡ah! Y en qué escala... Dejemos estas cosas, que allá en Lima se arreglarán perfectamente. Verán ustedes entonces, que los mensajeros de Chucuito, los memoriales al Presidente, los discursos de los diputados, la Delegación Maguiña no pasan de ser embrollos y nada más que embrollos. Tomemos una copa y pensemos más bien en sentar la mano a estos indios insolentes que se atreven a acusarnos, como si no estuvieran destinados a ser unas bestias.

- Sí, hay que sentarles las manos, rugieron todos a una voz.

De un rincón saltó doña Malila, e interponiéndose entre el Cura y el Gobernador, dijo a éste:

- Debes ordenar a tus tenientes que formen una lista de los indios más insolentes, y a estos castigarlos como es debido. Yo te recomiendo a ese indio Mamani que se ha atrevido a hablar de mi compadre el señor Cura.

- Yo señor Gobernador he formado la lista durante la audiencia –dijo un teniente.

- Vamos a ver esa lista –dijo el Gobernador, tomándola de manos del teniente.

Después de un breve examen pregunta el Gobernador:

- Qué dice acá, señalando en el papel.

- Yo puse esta nota para indicar que este indio Mamani, es el que ha dicho que el señor Cura no quiere devolverle su hija.

“Ah, ah, resolló el Gobernador”. Cuando hubo escudriñado la lista a su sabor, ordenó a sus tenientes, que tomando los caballos que hubiesen en todas las chozas próximas saliesen al campo, acompañados de los rematistas de daños para castigar a los indios quejosos, haciéndoles comprender que nunca cambiará su condición de esclavos. Ordenó también que trajesen como a cuatro indios que resultaban ser los más insolentes. Entre estos cuatro se contaba el desgraciado Juan.

Así terminó su deliberación infernal esta asamblea de demonios. Y prosiguieron un tanto contentos su asquerosa bacanal: el Gobernador, el Cura, el Juez y sus mujeres.
Los tenientes, rápidos como flechas, furiosos como leones, se lanzaron a las indefensas chozas de la circunvecina región.

Aquí derrumban los cercos de piedras, allí destruyen las sementeras, allá maltratan a los indios, acullá roban los ganados, por todas partes siembran la confusión y el espanto bajo el pretexto de chaquear caballos. Por fin vuelven donde el Gobernador a organizar la terrible jauría humana que aquél ha proyectado.

Una multitud de imbéciles, entre tenientes y rematistas, ensillan presurosos los escuálidos caballos de los indios. Como una emanación del infierno sale de su pocilga el Gobernador, despidiendo vahos de alcohol y haciendo gestos de borracho:

- Tomad una copa y ¡arriba! Manda a los imbéciles de la jauría ...

Ebrios de rabia, hambrientos de víctimas echaron a correr hacia los diferentes ayllus, estas fieras semihumanas, cada cual, iba provisto de gruesos chicotes, de macizos garrotes y de la correspondiente botella de alcohol aguado para acrecentar su bestialidad.

¡Oh, como escarapela en el cuerpo el recuerdo de aquella infausta noche!

El verdugo derrama sangre, el salteador roba, el incendiario quema, el forzador viola, el difamador deshonra, pero estas furias con aspecto humano, estos abortos infernales derraman sangre, queman violan, deshonran... Las vísperas Sicilianas, el asesinato de los Valdenses, la Noche de San Bartolomé, la Época del Terror están anatemizados por la Historia; y a su realización, el mundo se cubrió de estupor. Pero, ¡sarcasmo cruel! Los mil crímenes cometidos contra las razas oprimidas, cómo quedan impunes ante los hombres y la Historia, cómo pasan desapercibidos para la humanidad y la justicia.

Aquella noche, cada choza se había trocado en patíbulo de implacables expiaciones. Los hombres se humillaban, las mujeres pedían perdón, los niños lloraban a gritos, las tímidas ovejas balaban, los perros llenaban el espacio con sus aullidos, hasta los cerros parecían enviar sus quejidos de dolor, hasta el cielo parecía haberse enlutado con sus densas nubes por tanta iniquidad...

También le tocó su turno al desgraciado Juan. Al principio se había quedado extático, en éxtasis de pavor, ante la confusión que en sus cercanías se produjo, pero pronto sospechó la verdad e inmediatamente pensó en la defensa, hizo su fogata, tocó su pututo. Nada. Nadie acudió a su llamamiento, y es que todos fueron sorprendidos y nadie podía abandonar de súbito sus hijos, su esposa. No se le ocultó a Juan que pronto le atacarían, pero esperaba el desenlace. De repente se le aparecieron por entre los peñones las fieras de la jauría. Juan como estaba solo, nada le detuvo, y huyó hacia la cumbre del cerro, le persiguieron, le hicieron disparos, pero huía siempre: ora cayendo entre los guijarros, ora anegándose en las torrenteras de agua, ora a punto de precipitarse a profundos abismos, ora desmayando de fatiga; pero aún respiraba y huía. Trasmontó la cumbre, todavía le perseguían, entonces se desgalgó cual peñón desencadenado y merced a sus musculosas piernas y a sus sólidas plantas pudo llegar ileso al otro lado del cerro, ya próximo a la orilla del lago. Y figurándose que aún le persiguen huye hasta que cansado el cuerpo, oprimido el corazón cae, por rara casualidad sin saberlo él, sobre la tumba de su padre. Está exánime. Preciso es que el cielo se compadezca, que las nubes desencadenen sus truenos y las lluvias caigan a torrentes. Entonces despierta Juan de su marasmo –Heme aquí, junto a ti, traído por el destino... ¡oh! Qué horrible pesadilla... todo no fue sino una quimera de mi imaginación... un sarcasmo cruel de mi mala suerte... una irrisión... ¡ah! Estamos condenados a la opresión... a la tortura sin fin... a la sempiterna agonía... Ya se asoma el día, te voy a dejar padre mío, voy a huir lejos, muy lejos de aquí, quizás en los inaccesibles cerros en las intransitadas alturas, lejos de los mistis, viva menos infeliz.

Con la cabeza ensangrentada, las piernas magulladas, el cuerpo lánguido púsose a caminar hacia la puna. Unas gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas y un profundo sollozo entreabrió sus labios al besar por la vez postrera la tumba de su padre.

A cierta distancia, como vertiendo el acíbar de su alma nostálgica, empezó a modular sus quejas en un tono triste, que al oírle se pinta en la imaginación: el cielo negro sin estrellas; el suelo cubierto de abrojos, lleno de abismos; los cerros, fúnebres fantasmas, amenazadores; el lago, rugiente como hambrienta fiera... todo, todo como para desgarrarse el corazón como para huir de la vida, como de una horrorosa visión.

Aquella noche de pavor y de tristeza, Juan abandonó para siempre, el apacible Titicaca, al rumos de cuyas olas se habían deslizado los acerbos años de su desventurada vida. Abandonó la desierta llanura, en cuyos pajonales y pantanos, en cuyos montezuelos y zarzales, quedaban escritas con lágrimas y sangre las sombrías páginas de su martirologio. Abandonó los áridos cerros, cuyas rocas y cavernas, cuyas cuestas y precipicios guardaban el amargo recuerdo de sus penalidades y fatigas, grabadas con el sudor de su frente. Abandonó la triste choza, en cuyas cercas derruidas, en cuyo techo lleno de resquicios se había fotografiado los desgarradores cuadros de su mísera existencia, con todos sus errores, con todas sus desdichas. Abandonó ¡ay! La tumba de su padre, el único asilo de su orfandad, el único tribunal para sus quejas, la sola fuente de sus consolaciones, el solo refugio de sus atribulaciones. Pero ¿qué importa que todo esto abandone, si, en cambio a de estar lejos, ¡lejos al fin! de los mistis? Allá en la puna, aunque desierta como mansión maldita; aunque fría como región de hielo; allá vagará libre como esbelta vicuña, buscará su alimento como el dichoso shuri. ¡Ah! pero aquí también el misti, el maldito fantasma, que por campos y serranías y hasta parece que por cielos y tierras, persigue siempre a su pobre víctima el indio. Y, ya que no trabajos forzados ni servicios abominables, ya que no vejámenes de soldados ni rapacidad de quelqueris: ahí están los mistis como cuadrillas de beduinos, asaltando las solitarias cabañas para despojar al indio de sus lanas por un precio irrisorio; allí están para quitar al indio, en un minuto de atropello el fruto de trescientos sesenta días de paciente trabajo; ahí para obtener, mediante la ferocidad, lo conseguido merced a indescriptibles sufrimientos. Ahí están los mistis como letíferos escanciadores, aprovechándose de la ignorancia y supersticiones de los indios para relajarlos, para explotarlos bestializándolos con el alcohol. Y, ¡maldición! ¡No podrán ni la nieva de las alturas, ni la tempestad de las montañas, ni el alquilón de la cordillera, proteger al infeliz indio contra la devoradora ambición de los mistis!

Juan sabe todo esto, convencido está que aún no es libre. Así lo comprenden también los demás indios de la puna.

Más, este conocimiento de la propia desventura, si allá en los campos cercanos a los pueblos, unido a la perdurable opresión, produce la miserable conformidad del esclavo; acá en la puna, este mismo conocimiento de la propia desventura, unido a las atrocidades de vez en cuando ejercidas, despierta la sublime cólera del rebelde. Y en esa puna, se acumularán las energías que el odio mana, hasta desencadenarse en justas y horrendas iras, como en las cimas se aglomeran las nubes, hasta desencadenar terribles tempestades.

Y, ahí lo tenéis a Juan, de humilde oprimido de la llanura, trocado en altanero subversivo de la puna:
En las tierras bajas se quedaron los encorvamientos, aquí en la puna, la altiva apostura; allá la vista baja, aquí el mirar atrevido; allá las interrogaciones con vestimentas suplicatorias, aquí la pregunta lacónicamente desnuda.

Ahí está Juan, cual peñón arrancado de cuajo, en imperturbable actitud de desgalgarse. En sus conversaciones íntimas, no habla, ruge; azuza para las vindicaciones de mañana. Traza de mil maneras sus planes con este objeto. Hasta ha puesto la adquisición de fusiles... ¡Ah! ¡Los fusiles! ¡Sí los fusiles! Y un pedazo de los Andes veréis cómo se hace una región de Asturias, veréis cómo con sus habitantes se hace una legión de Pelayos!

Entonces, Juan volverá a la tumba de su padre, ya no entonando el quejumbroso como melancólico murmullo del Titicaca, sino el enrabiado como rugiente soplo de la puna.

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